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	<title>Afkar / Ideas</title>
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	<description>Revista trimestral para el díalogo entre el Magreb, España y Europa</description>
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		<title>Entrevista: Perspectivas de la Primavera Árabe</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 14:12:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articulos]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>

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		<description><![CDATA[“La relación entre gobernantes y gobernados árabes se ha invertido: los primeros conocen la fuerza de la disensión popular, los segundos invocan el Estado de derecho y un nuevo contrato social”. Entrevista con Saad Kiwan por Lorenzo Trombetta. Otro muro de Berlín se ha derrumbado. No se trata de un muro material como en  1989, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>“La relación entre gobernantes y gobernados árabes se ha invertido: los primeros conocen la fuerza de la disensión popular, los segundos invocan el Estado de derecho y un nuevo contrato social”.</strong></p>
<p>Entrevista con Saad Kiwan por Lorenzo Trombetta.</p>
<p>Otro muro de Berlín se ha derrumbado. No se trata de un muro material como en  1989, sino de uno mucho más robusto y presente de forma penetrante en la conciencia de millones de árabes: el muro del miedo y del silencio. Las revoluciones árabes, que ya tienen más de un año, están solo al principio. Asistimos a un fenómeno sin precedentes en la historia moderna y contemporánea de estas regiones. Uno de sus primeros resultados ha sido la inversión de la relación entre gobernantes y gobernados: los primeros ahora conocen la fuerza de la disensión popular, mientras que los segundos invocan, cada uno a su manera, el Estado de derecho y un nuevo contrato social”. Es la lectura, en síntesis, propuesta por Saad Kiwan, periodista e intelectual libanés que, durante su entrevista con afkar/ideas, lanza también una señal de alarma: “el riesgo para las revoluciones árabes es que resulten incompletas si no logran una verdadera separación entre religión y Estado para que se pueda hacer realidad el principio de igualdad entre todos los ciudadanos”.</p>
<p>Kiwan, 57 años, es originario de la región costera de Batrun, pero pronto se trasladó a Beirut antes de dejar el país. Pertenece, al menos formalmente, a la comunidad cristiano-maronita libanesa. Después de estudiar en Bélgica, se trasladó a Italia, donde trabajó como periodista. Tras el final de la guerra civil libanesa (1975-1990), a mediados de los años noventa, regresó con su familia a Beirut. Aquí, desde hace más de 20 años, primero como periodista en el diario Al Safir y luego en SKeyes, el centro de la Fundación Samir Kassir para la Defensa de la libertad de prensa y de la cultura, libra su batalla a favor de un modelo alternativo al confesionalismo político, dominante en el país del Cedro, que se base en la afirmación del principio de ciudadanía (al muwatana).</p>
<p>afkar/ideas:  En la expresión “primavera árabe” se subraya un carácter pasajero, estacional, de este fenómeno. ¿Es así?</p>
<p>saad kiwan: Ciertamente no. Se trata de un fenómeno de amplísimo alcance, también en términos temporales. Un fenómeno que sorprendió a todos, incluso a los propios protagonistas de las distintas realidades árabes, un fenómeno sin precedentes en la historia moderna y contemporánea no solo del mundo árabe, sino de todo Oriente. Es como una enorme roca que se lanza a un lago, similar a un estanque que durante cientos de años ha estado dominado por el inmovilismo. Y la época de los regímenes poscoloniales, de los que está intentado con tanto esfuerzo liberarse, es solo el último acto de esta larga noche del mundo árabe.</p>
<p>a/i:  ¿Cuál es, en su opinión, el desafío al que se enfrentan los revolucionarios árabes?</p>
<p>s.k.: El desafío más complejo será el de la revolución confesional, que separe la religión de la administración de la cosa pública. Sin esta reforma radical, los procesos de cambio en curso en los diversos países árabes peligran de quedar incompletos, y los objetivos fijados –el anclaje en el Estado de derecho y el Estado civil (dawla madaniya)– no se podrán lograr.</p>
<p>a/i: ¿Y si tuviera que esbozar un primer balance provisional?</p>
<p>s.k.: El resultado más importante hasta ahora es el derrumbamiento del muro del miedo y del silencio, que durante décadas pesó como una losa en la sociedad árabe. Otro muro de Berlín, no material, muy presente en la conciencia de muchísimos árabes, se ha disuelto. Ahora expresar la propia opinión de forma pública se considera un derecho inalienable. Igual que protestar abiertamente y dar voz al propio malestar se considera un derecho indiscutible. Por fin se puede gritar contra el orden constituido, el nizam. Unas conquistas que desde Europa se pueden dar por descontado, pero que en las sociedades árabes no lo son en absoluto tras décadas de dominación de regímenes despóticos.</p>
<p>a/i:  ¿Cómo han reaccionado y están reaccionando los poderes constituidos?</p>
<p>s.k.: Algunos, como en Túnez, Egipto, Siria, Yemen, Bahréin y Libia, han escogido la vía de la represión en grados distintos. Otros enseguida se precipitaron en la búsqueda de remedios, intentando dar la impresión de que habían comprendido el malestar de los súbditos. Pero lo que ha cambiado es la relación entre gobernantes y gobernados. Los primeros saben que ya no pueden actuar impunemente contra su propio pueblo. Saben que deben rendir cuentas de sus acciones y ahora tienen miedo de las reacciones de las masas. A diferencia de antes, cuando el déspota se comportaba considerando la cosa pública algo de su exclusiva propiedad, seguro de no tener que responder de sus decisiones.</p>
<p>a/i:  En concreto, ¿en qué países los gobernantes se han apresurado en buscar remedios y cómo han logrado gestionar las contestaciones populares?</p>
<p>s.k.: Marruecos, Jordania y Arabia Saudí entran en esta categoría. No es casual que se trate de tres monarquías y no de repúblicas hereditarias, aunque las analogías se quedan aquí, porque cada país ofrece unas especificidades que hacen que cualquier generalización resulte forzada.</p>
<p>a/i:  En Marruecos, ¿cómo ha reaccionado el rey Mohamed VI?</p>
<p>s.k.: Mohamed VI ha logrado sabiamente hacer confluir los esfuerzos realizados anteriormente para poner en marcha reformas moderadas en el país. Ha logrado encontrar un compromiso, que, de momento, funciona, entre las instancias de la monarquía, las de la sociedad y de las formaciones políticas de la oposición, incluidas las islámicas. Se trata de un equilibro delicado que, sin embargo, ha superado el primer examen de las elecciones legislativas de noviembre pasado. El rey, a pesar de la tradición que lo define como descendiente del Profeta Mahoma, sabe que ahora tiene una autoridad menos absoluta que antes, ya que ha cedido parte de sus poderes a otros órganos del Estado, más representativos de la sociedad. El recorrido es todavía largo y tortuoso, pero en Marruecos hemos visto cómo se echaban las semillas del cambio de forma no traumática.</p>
<p>a/i: : En Jordania las protestas asumieron en un primer momento una dimensión radical. Y en Amán aparecieron milicias irregulares leales similares a las que se vieron en acción en El Cairo. ¿Qué sucedió después?</p>
<p>s.k.: El reino hachemí busca con esfuerzo y de forma gradual responder a las demandas más urgentes de algunos sectores de la población que hasta ahora habían quedado al margen de los beneficios del poder. Como en otros escenarios árabes, las reivindicaciones de la plaza jordana en la primavera de 2011 se dirigían contra la corrupción, a favor de la justicia y la transparencia y de unas reformas políticas radicales. Pero nadie ha puesto en duda verdaderamente la autoridad del rey. Nadie ha cuestionado el orden constituido, la monarquía. El motivo es que aunque el movimiento de contestación en Jordania siga existiendo, se ve limitado por una serie de factores internos y externos.</p>
<p>a/i:  ¿A qué se refiere?</p>
<p>s.k.: La sociedad jordana es esencialmente beduina. Por ello es muy fiel al jefe, en este caso el rey. Está compuesta también por importantes minorías étnicas –circasianos, turcomanos– que tradicionalmente son fieles al soberano. Otro factor de limitación y no de impulso es el factor palestino: los jordanos de origen palestino constituyen la mayoría numérica de la población. También ellos ven en la monarquía una garantía de su statu quo, privilegiado en muchos aspectos respecto a los palestinos de Cisjordania, Gaza o de los palestinos de los campos de refugiados en otros países árabes.<br />
No olvidemos que Jordania es un Estado frágil, interna y regionalmente. El rey supone una garantía frente a esta debilidad intrínseca en la naturaleza misma de una monarquía confeccionada en torno a la familia hachemí, originaria del Hiyaz, en la actual Arabia Saudí. El que pone en cuestión la monarquía pone en cuestión  todo el Estado: los beduinos se aferran a esta seguridad temerosos de los palestinos y viceversa, en un clima de desconfianza que acaba reforzando al rey.</p>
<p>a/i:  Arabia Saudí, por el contrario, es un Estado fuerte…</p>
<p>s.k.: Pero sobre todo rico. Es más, riquísimo. Es verdad que es un Estado surgido de la nada, de la unión de diversas tribus esparcidas por un territorio muy vasto y poco poblado. Aun hoy es un país caracterizado por el tribalismo, el analfabetismo, la pobreza endémica, con regiones que durante décadas han permanecido excluidas de los beneficios de los ingresos del petróleo. La alfabetización se inició tarde y ha sido un proceso muy complicado, también a causa de cierta resistencia social, sobre todo en las regiones periféricas. En algunos casos ha sido un proceso forzado y, por ello, traumático, que no ha permitido el desarrollo de una conciencia política extendida en la sociedad, reprimida  por un aparato de control que lo abarca todo. Existe una élite restringida de intelectuales y activistas pro derechos humanos, pero la mayoría de la población sigue siendo políticamente ignorante. No hay que menoscabar la importancia del factor religioso: la familia real sigue el wahabismo, una escuela del islam radical con reglas muy rígidas que acaban por ser un instrumento eficaz de control de la sociedad. Por ello, en Arabia Saudí los espacios de contestación están verdaderamente limitados.</p>
<p>a/i: Aun así, en el reino se han producido diferentes protestas por parte de los chiíes de la región oriental, reprimidas con fuerza. ¿Qué ha pasado?</p>
<p>s.k.: La cuestión confesional ha desempeñado un papel crucial. No olvidemos que el rey saudí es también el Custodio de los Lugares Santos (jadim al haramayn), y que por ello tiene una legitimidad política y religiosa casi divina. Esta fuerza –que hace del reino saudí una especie de Vaticano de los musulmanes– es hipnotizante para muchos musulmanes y, en particular, para los suníes. Hasta ahora la contestación explícita del nizam saudí procedía de la minoría chií de Qatif, que no reconoce de hecho la autoridad religiosa de los suníes-wahabíes de los Saud. El descontento de la población de Qatif no se puede reducir a una mera cuestión confesional, sino que tiene sus raíces en el malestar social, agudizado por el hecho de que de esta zona procede gran parte del petróleo extraído en todo el reino.<br />
A este malestar se añade la tensión regional con trasfondo confesional suní-chií. La revuelta, reprimida con sangre, de los chiíes de Bahrein en contra de la dinastía suní de Manama, que ha tenido lugar en el contexto más amplio de las revoluciones árabes, ha proporcionado un estímulo y un marco de referencia para los chiíes de Qatif. Estos se han sublevado poniendo en cuestión la autoridad del rey Saud, y no planteando reivindicaciones políticas como ciudadanos saudíes sino como miembros de una comunidad confesional. Un hecho que explica la debilidad de sus iniciativas y la falta de solidaridad a sus causas por parte de otros estratos de la sociedad del reino.</p>
<p>a/i:  El rey Abdalá ha respondido también distribuyendo regalos. ¿Es convincente?</p>
<p>s.k.: Es verdad. El rey Abdalá se ha apresado a anunciar un programa extraordinario, de un coste de casi 90.000 millones de dólares, para subsidios, incentivos y apoyos de diversa naturaleza a las clases más desfavorecidas de la población, en particular los jóvenes. Ha habido y hay señales que indican que el actual soberano es consciente de la necesidad de hacer reformas aunque sean graduales. Ya antes del estallido de las revueltas, el soberano había creado la primera universidad mixta de Yedda; luego permitió a las mujeres conducir. Desde un punto de vista político, ha constituido un gobierno, el primero de la historia del reino, en el que los ministros tienen poder de decisión y no son solo ejecutores. Además, algunos ministerios clave han sido ocupados por personalidades que no son miembros de la familia real. Luego ha instituido un consejo para la sucesión del rey, encargado de nombrar al soberano con una mayoría de dos tercios. Pequeños grandes pasos para Arabia Saudí, donde no se excluye que en el futuro se pueda ver germinar la semilla de las revoluciones árabes.</p>
<p>a/i: ¿Qué papel tiene Irán en este fenómeno regional?</p>
<p>s.k.: Irán ya tuvo en 2009 una oleada de protestas sin precedentes en la historia del jomeinismo. A diferencia de las sociedades árabes, la iraní es una sociedad en movimiento, dinámica desde hace tiempo. Existe una dialéctica política bien enraizada entre reformistas y conservadores. Y dentro de cada bando el debate es continuo, en ciertos momentos incluso, público. Respecto a las dictaduras árabes, hay además mayor espacio para la contestación y esto hace que la crisis sea más gestionable por parte del régimen. Porque está más acostumbrado a enfrentarse a críticas y ataques de la oposición. Esta última, como tiene la posibilidad de expresarse con relativa libertad, tiene una fuerza menos contundente que los movimientos revolucionarios árabes de 2011.<br />
Una dialéctica y una pluralidad de voces, la iraní, que es típica del chiísmo, que se refuerza por la tradición del iytihad, es decir, del esfuerzo interpretativo para revisar continuamente el sentido de las fuentes del islam. Las autoridades religiosas iraníes debaten y se dividen no solo en temas teológicos sino también en los políticos. Dicho esto, los puntos de contacto e influencia con el mundo árabe han existido siempre y continuaran existiendo, y por ello no se excluye que las revoluciones árabes puedan influir en la dinámica política iraní actual. Pero también puede argumentarse en el sentido inverso, ya que la “oleada verde” de 2009 puede haber influido en las dinámicas tunecinas, egipcias, yemeníes, bahreiníes, libias y sirias de 2011.</p>
<p>a/i: En este contexto, ¿qué papel han tenido los cristianos árabes? ¿Son parte integrante o espectadores pasivos de un escenario en cambio?</p>
<p>s.k.: Los cristianos de Oriente son parte integrante de estas revoluciones, lo quieran o no. Además, pueden ofrecer algo que la mayoría de los musulmanes árabes no tienen: la mitad de su corazón es musulmán y esto los convierte en un puente entre dos mundos, el Occidente cristiano y el Oriente musulmán. Desde hace muchos siglos, viven codo con codo con sus hermanos, los musulmanes; al mismo tiempo, durante más de 200 años, las élites cristianas del Levante han sido cortejadas por las potencias europeas para ser sus intermediarios en Oriente. Durante todo el siglo XX, y aun hoy, muchos cristianos árabes se han ido a trabajar a Europa y a Norteamérica, aunque nunca han dejado de ser gente de Oriente. Por eso, hoy estos cristianos no son marcianos, extraños en sus propias sociedades en revuelta. Por el contrario, pueden constituir la punta de lanza de un movimiento que reivindica los principios de la ciudadanía, democracia, justicia y trasparencia.</p>
<p>a/i:  Algunos libaneses sostienen que la “primavera de los Cedros” de 2005 representó la base de las revoluciones árabes de 2011. ¿Cómo lo ve?</p>
<p>s.k.: El 14 de marzo de 2005 fue la primera golondrina de esta primavera. Sin embargo, el sueño libanés se despedazó pronto. Incluso yo, como muchos libaneses, tenía la ilusión de que con la retirada militar de los sirios nos encaminábamos hacia la edificación de un nuevo Estado. Pero no fue así, sobre todo por la presencia de un partido confesional armado, Hezbolá.</p>
<p>a/i: Hezbolá es un aliado de Siria además de Irán. ¿De qué modo la debilitación o eventual caída del régimen de los Assad en Siria puede influir en el equilibrio libanés?</p>
<p>s.k.: De forma clara, ya que Hezbolá se verá debilitado y deberá atenerse a compromisos internos. Paralelamente, habrá que dirigirse a la comunidad chií libanesa y convencer a sus miembros de que no tienen necesidad de las armas de Hezbolá como garantía de su integridad, que el principio de ciudadanía es la verdadera garantía de protección de todos los ciudadanos frente al Estado.</p>
<p>a/i: En un país complejo como Líbano, ¿qué nuevo Estado puede construirse?</p>
<p>s.k.: Un Estado civil, no laico ni teocrático, un Estado en el que, al mismo tiempo, se garanticen los derechos de los ciudadanos y se proteja a las comunidades. Porque la ciudadanía no debe depender del confesionalismo, como sucede hoy. En realidad, el confesionalismo solo puede superarse dando garantías a las comunidades, y requiere aplicar de forma completa el acuerdo de Taef (de 1989, con el que se pone fin formalmente a la guerra civil, n.d.r.), que preveía la creación de un Senado con miembros nombrados por las comunidades, aparte de un Parlamento aconfesional.</p>
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		<title>Catar: apostar por el liderazgo regional</title>
		<link>http://www.afkar-ideas.com/2012/04/catar-apostar-por-el-liderazgo-regional/</link>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 14:05:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por Khaled Hroub, director del Proyecto de Medios de Comunicación Árabes de Cambridge (CAMP, por sus siglas en inglés) de la Facultad de Estudios asiáticos y Oriente Próximo de la Universidad de Cambridge. &#160; A pesar de las críticas a su imparcialidad o falta de credibilidad, Catar ha logrado liderar la política regional, mientras sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Khaled Hroub, director del Proyecto de Medios de Comunicación Árabes de Cambridge (CAMP, por sus siglas en inglés) de la Facultad de Estudios asiáticos y Oriente Próximo de la Universidad de Cambridge.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>A pesar de las críticas a su imparcialidad o falta de credibilidad, Catar ha logrado liderar la política regional, mientras sus hermanos mayores se quedaban atrás.</em></p>
<p>Catar está superando sus propias expectativas”, una afirmación que ha llegado a repetirse con mucha frecuencia, ya sea con admiración o con envidia. El creciente papel desempeñado por Catar durante la Primavera Árabe es, de hecho, una prolongación de su activa política exterior cada vez más destacada durante los últimos años. En relación con algunos problemas pertinaces de la región, han sido los cataríes quienes han logrado mediar y negociar acuerdos con éxito. Al sur de Egipto, han encabezado los esfuerzos llevados a cabo en Sudán para conseguir la paz entre el gobierno y los rebeldes en Darfur, mientras El Cairo se limitaba a observar. Y al sur de Arabia Saudí, también han convencido al gobierno yemení y a los rebeldes hutíes para que participen en las conversaciones, ganándose la confianza de ambas partes, mientras Riad se quedaba de brazos cruzados. Fueron los cataríes quienes, asimismo, impidieron que Líbano se precipitase hacia otra guerra más, inminente en mayo de 2008, al acoger a los principales protagonistas libaneses en Doha y conseguir un acuerdo en el último momento. La considerable implicación de Catar en la Primavera Árabe parecía formar parte de la misma política activa, sobre todo cuando más recientemente, en febrero de 2012, Doha conseguía persuadir al presidente palestino, Mahmud Abbas, y al líder de Hamás, Jaled Mashaal, de que firmasen un sorprendente acuerdo sobre un gobierno de unidad nacional.</p>
<p>¿Pero por qué está implicándose tanto Catar en la política exterior y desplegando las muchas capacidades que con tanta habilidad maneja su poderoso arsenal de comunicaciones, Al Yazira? No hay una respuesta clara a esta pregunta, pero se podrían sopesar un par de ideas. Al ejecutar el golpe palaciego contra su padre en 1995, el actual emir de Catar, Hamad al Thani, se enfrentó al rechazo inmediato de saudíes y egipcios. Las élites de ambos países despreciaron al nuevo gobernante, joven y ambicioso, y se pusieron de parte de su viejo y tímido padre, quien siempre había estado más o menos del lado de los saudíes. Un año después se organizó un golpe militar por el que se acusó a Egipto y Arabia Saudí de orquestarlo. Esto llevó al joven emir a adoptar políticas hostiles contra los saudíes y los egipcios.</p>
<p>Tras descubrir unas enormes reservas de gas en el país, el emir ha desarrollado unas políticas activas en todos los ámbitos, entre ellos la política exterior. Quería demostrar a sus hermanos mayores que “el tamaño no importa”, y refutar el menosprecio que habían mostrado por él y por su pequeño país insular, de menos de medio millón de habitantes nativos. Al protegerse a sí mismo y a Catar albergando la mayor base americana fuera de Estados Unidos, la estrategia era excluir a cualquier tercero regional (principalmente los saudíes) que tuviese la intención de controlar los Estados más pequeños del Golfo. Posteriormente, Catar estableció vínculos estrechos con Israel, por un lado, y con muchos movimientos islamistas, entre ellos la organización palestina Hamás y la libanesa Hezbolá, por otro. Catar siguió siendo un miembro activo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una organización de integración regional que pretendía acercar y unir a los países del golfo Arábigo, mientras mantenía unas relaciones tibias con Teherán, lo que molestó a Riad y Abu Dabi, los principales miembros del CCG, que siempre han tenido tensiones con su amenazador vecino y sus políticas agresivas, sobre todo sus ambiciones nucleares. Equilibrar las relaciones con todos esos actores beligerantes ha supuesto un asombroso ejercicio de política exterior activa, aunque conlleva riesgos y apuestas. Este despliegue de políticas arriesgadas destaca aún más en una zona en la que los grandes países árabes, como Arabia Saudí y Egipto, hacen gala de una política exterior tímida y perezosa. La aventura catarí está impulsada por el propio emir, que cree que ha existido un vacío de liderazgo regional que él puede llenar a pesar de tenerlo todo en contra por el tamaño geográfico y de la población. El activo papel de Catar consiste en compensar la falta de influencia árabe en la propia región. Si ninguno de los países árabes llena este vacío, la esfera árabe se dividirá entre Irán y Turquía. El apoyo a las revoluciones y a la nueva generación de dirigentes que las acompaña garantizaría el favor de estas nuevas corrientes regionales y le proporcionaría un gran reconocimiento a Catar (todo lo cual entra dentro del plan de liderazgo del emir).</p>
<p>Las revoluciones árabes han sido levantamientos genuinos del pueblo contra décadas de regímenes autoritarios y contra su opresión, corrupción y explotación de las riquezas nacionales por parte de las familias y sus camarillas. La rápida propagación y la magnitud de estas revoluciones cogieron por sorpresa a casi todo el mundo. Los habitantes de los países árabes, sin estar impulsados inicialmente por ninguna fuerza ideológica específica, han estado por encima de los partidos opositores de todos los colores y se han ganado las simpatías de la región y el mundo. La rapidez de los levantamientos tunecino y egipcio en enero de 2011, le dio a Catar, con su política exterior decidida y activa, la oportunidad que estaba esperando para reafirmar su liderazgo regional. La respuesta de Catar a estos levantamientos fue el despliegue inmediato de su arsenal de medios de comunicación, su activismo diplomático, su apoyo económico e incluso su respaldo militar si era necesario (como en el caso de Libia). Inicialmente, los medios de comunicación fueron el principal campo de batalla en los dos primeros casos de la Primavera Árabe, Túnez y Egipto, donde los manifestantes pacíficos escenificaban unos actos impresionantes de acción colectiva de movilización en la calle. La poderosa Al Yazira, con sus insuperables recursos, empleó todos los que pudo para informar sobre los manifestantes y darles su apoyo, y acuñó desde el principio términos como “revolución” y “revolucionarios”. Imitando a su propietario al tratar de ganar la influencia y el liderazgo regionales y mundiales, Al Yazira aprovechó el empuje de la Primavera Árabe para trasladar gran parte de su retórica sobre ser específicamente la voz de los sin voz y apoyar las aspiraciones de libertad y derechos legítimos. No obstante, el papel de Al Yazira en la Primavera Árabe fue muy parcial y merece un análisis más detallado.</p>
<p><strong>Al Yazira y la ‘Primavera Árabe’</strong><br />
Al tener carta blanca de los máximos dirigentes de Catar para apoyar estas revoluciones, Al Yazira ha llegado a unos extremos sin precedentes. Unos días después de que estallaran las protestas en Túnez y se extendieran a Egipto, Al Yazira estaba completamente volcada en la información en directo a través de sus corresponsales, lejos de la mirada de la seguridad local, o dependiendo de las redes sociales que transmitían desde el terreno. Las pantallas de Al Yazira han estado llenas de multitudes árabes que hacían llegar su poderosa reivindicación al mundo: “El pueblo quiere derrocar el régimen”. Muchos portavoces de los principales grupos revolucionarios, vetados en los medios de comunicación locales, detenidos y en su mayoría fugitivos, usaban Al Yazira como plataforma para llegar a los ciudadanos y movilizarlos. Al cancelar sus programas habituales, el canal se transformó en un taller de noticias y entrevistas en directo, que pasaba de una revolución a otra. Los dos principales canales, en árabe e inglés, se convirtieron inmediatamente en la principal fuente de noticias e información, mientras repetían las demandas de la gente y, de hecho, calentaban el ambiente. Su canal hermano en árabe, Al Yazira Mubashir, también se dedicó a recoger información en directo de cualquiera que pudiese ponerse en contacto mediante llamadas telefónicas, mensajes de texto o grabaciones de vídeo. Al conceder un prolongado tiempo en antena a los que se oponían a los regímenes, y dada su cobertura favorable de los revolucionarios, era evidente que la línea política del canal era la de ponerse del lado de los ciudadanos. Las acusaciones de los regímenes gobernantes cuestionados de que Al Yazira no era neutral eran de hecho ciertas. Un conocido chiste transmite esta idea con una conversación que tiene lugar en el infierno entre los tres presidentes egipcios, Gamal Abdel Nasser, Anuar el Sadat y Hosni Mubarak, que se preguntan unos a otros cómo fueron derrocados. La respuesta de Nasser es “por envenenamiento”; la de Sadat “por asesinato”; mientras que la de Mubarak es “por Al Yazira”.</p>
<p>En los casos en los que Al Yazira era capaz de montar docenas de cámaras para emitir en directo, la cobertura informativa de las grandes multitudes durante las 24 horas del día multiplicaba el espíritu popular. Y lo que es más importante, ofrecía protección a las masas a las que grababa mientras llevaban a cabo su revolución pacífica y, por consiguiente, inutilizaba el poderío de los aparatos de seguridad, puesto que cualquier ofensiva contra ellos se vería en todo el planeta. La grabación en directo de cientos de miles de manifestantes persistentes y pacíficos atraía la atención y el apoyo mundiales e incomodaba a las potencias occidentales, que durante tanto tiempo habían respaldado a los regímenes derrocados (en Túnez y Egipto), y las empujaba a cambiar de política y a apoyar los movimientos contrarios a los regímenes.</p>
<p>Sin embargo, en aquellos casos en los que las revoluciones se volvieron caóticas y sangrientas (Libia y Siria), la función esencial de Al Yazira en la Primavera Árabe se habría visto tremendamente menoscabada de no haber sido por la participación de las redes sociales, Facebook y Twitter, y los teléfonos móviles. A los corresponsales de Al Yazira pronto se les prohibió entrar en estos países,  donde las protestas se intensificaban rápidamente, aunque los regímenes se las arreglaban para resistir manteniendo un punto de apoyo, en concreto mediante el control de los medios de comunicación dentro de sus fronteras. Preparada y acostumbrada a esta pauta típica de los gobiernos árabes, Al Yazira hizo públicos docenas de números de teléfono para recoger llamadas y mensajes de texto enviados desde las calles y creó sitios web específicos para recibir grabaciones de vídeo realizadas por la gente. Este material en directo llegaba en unos instantes y se retransmitía inmediatamente, lo que proporcionaba a los revolucionarios un doble servicio: los acontecimientos a pequeña y gran escala se amplificaban y se difundían entre toda la población; y la propia población sabía dónde movilizarse y reunirse. Del mismo modo, si Al Yazira no hubiese podido emitir este material en directo a tan gran escala, para que llegase a un público de millones de personas, los logros de esas redes sociales en estas revoluciones hubieran sido mínimos. Debido a la pobreza y al escandalosamente alto nivel de analfabetismo del mundo árabe, el acceso a los ordenadores y las tasas de penetración del uso de Internet son bajos y no especialmente fiables en los procesos de movilización. Pero todo el mundo tenía acceso a la televisión.</p>
<p><strong>Actividad diplomática</strong><br />
En el terreno diplomático, Catar encabezó los esfuerzos árabes y regionales por apoyar a los libios y sirios frente a sus regímenes. Los cataríes asumieron la presidencia de turno de la Liga Árabe tras pedir a los palestinos, quienes supuestamente debían hacerse cargo de ese liderazgo durante un año, que se la cediesen. Tras la caída de los regímenes tunecino y egipcio en febrero de 2011, la capital catarí, Doha, se convirtió en el principal centro regional de apoyo diplomático y logístico a los levantamientos en Libia, Yemen y Siria. En el ámbito oficial, los cataríes orquestaron los esfuerzos llevados a cabo dentro de la Liga Árabe para presentar ante la ONU una petición para que interviniese en Libia, lo cual facilitó la adopción de la resolución del Consejo de Seguridad que autorizaba a la OTAN intervenir contra el fallecido Muamar Gadafi y su régimen. Los cataríes están intentando hacer lo mismo contra el régimen de Bashar al Assad en Siria, aunque el problema es mucho más complejo a causa de la fuerte oposición rusa y china en el Consejo de Seguridad y del apoyo de Irán e Irak a Assad.</p>
<p>Sin embargo, el ambicioso intento de Catar de hacerse con el liderazgo regional se enfrenta a algunos desafíos y dificultades considerables. En primer lugar, está el asunto de la credibilidad. Catar no es un Estado democrático y los pasos hacia la reforma constitucional son superficiales y lentos. Las peticiones cataríes de democracia, pluralismo y elecciones libres se reciben en Libia y Siria con un grado considerable de cinismo. La credibilidad también ha sido un problema cuando Catar, y Al Yazira, han sido incapaces de apoyar las revueltas en el vecino Bahréin, que para los cataríes resultó ser la prueba más difícil de la Primavera Árabe. La protesta de Bahréin estaba encabezada por la mayoría chií del país, apoyada por Irán, en contra de la familia gobernante suní, respaldada por los saudíes. Para Arabia Saudí, la inquieta vecina de Bahréin, esta era una clara línea roja donde cualquier perspectiva de que el país cayese en manos de la mayoría chií siempre se ha considerado una amenaza real para la seguridad nacional. Por ello, los saudíes no quisieron correr ningún riesgo con la protesta de Bahréin y, cuando dio la impresión de que los acontecimientos en el país escapaban al control del régimen, Riad envió tropas militares bajo los auspicios del CCG y sofocó el levantamiento.</p>
<p>Otro importante desafío es la política catarí en los países posrevolucionarios. Resulta sorprendente que en los tres países donde Catar apoyó decididamente el derrocamiento de los antiguos regímenes –Túnez, Egipto y Libia– se extienda cada vez más el sentimiento anti-catarí, debido a que sus habitantes perciben una intromisión de Catar en los asuntos nacionales. Los políticos tunecinos y libios han criticado abiertamente la función desempeñada por Catar inmediatamente después del triunfo de sus revoluciones. La principal acusación es que favorecen y apoyan a una fuerza, los islamistas, frente a las demás. Sin embargo, esta percepción general de que respaldan a los partidos islamistas en estos países, confirmada por las pruebas, resulta confusa. La pregunta es por qué los cataríes limitan su influencia y se crean enemigos enfrentando a las fuerzas locales entre ellas, cuando podrían disfrutar de una mayor influencia y del apoyo de la mayoría de los partidos si se mostraran imparciales y  amistosos con todas las fuerzas. Dicho esto, la activa función de Catar les da a muchos árabes la satisfacción de que pueden estar a la altura y de que los problemas no pueden, ni deben, dejarse en manos de las potencias extranjeras. Como cualquier actor político enérgico, se creará adversarios y enemigos, pero todo apunta a lo mismo: a que Catar ha sido lo bastante valiente para liderar la política regional antes y durante la Primavera Árabe, mientras sus “hermanos” mayores vecinos se quedaban muy rezagados.</p>
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		<title>Hablar con seriedad de Siria</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 11:52:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Bassam Haddad, director del programa de estudios sobre Oriente Próximo, Universidad George Mason, y profesor invitado en la Universidad de Georgetown, es autor de Business Networks in Syria: The Political Economy of Authoritarian Resilience (Stanford University Press). &#160; Más allá del miedo de la población o de la política exterior, la capacidad del régimen para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bassam Haddad, director del programa de estudios sobre Oriente Próximo, Universidad George Mason, y profesor invitado en la Universidad de Georgetown, es autor de Business Networks in Syria: The Political Economy of Authoritarian Resilience (Stanford University Press).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Más allá del miedo de la población o de la política exterior, la capacidad del régimen para soportar la presión se explica por el apoyo de las sociedades urbanas más privilegiadas.</em></p>
<p>Ha llegado el momento de ponerse serios a la hora de analizar Siria. Tras un año de derramamiento de sangre, nos vemos empujados a repasar los elementos básicos de la política siria para comprender mejor este prolongado enfrentamiento. El aluvión de escritos sobre los levantamientos ocurridos en Siria desde marzo de 2011 hasta este mismo momento parece más dictado por la fluctuación de los acontecimientos y los objetivos de la política exterior que por un análisis riguroso de las bases de la política y de la sociedad sirias.</p>
<p>A falta de trabajo de campo, los posibles méritos estratégicos de este tema recurrente dan paso invariablemente a una interpretación culturalista intemporal que existe sobre todo en los marcos supuestos o teorizados por el analista. Las discusiones sobre la marcada naturaleza represiva del régimen sirio se desarrollan de manera normativa (es decir, la represión es mala) y exclusiva (es decir, se supone que la represión es motivo suficiente para que haya un levantamiento) y, por tanto, ninguna logra explicar el momento elegido para el levantamiento o su naturaleza.</p>
<p>El autoritarismo, o su otra cara, el miedo, no conducen automáticamente a levantamientos masivos por una sencilla razón: los ciudadanos son racionales y, por tanto, piensan en las consecuencias. Cuanto más brutal es un régimen, menos probable es que veamos estallar manifestaciones masivas tras una calma artificial. Intervienen muchos más factores.</p>
<p>Igual de inadecuada es la a menudo burda variedad de argumentos estrechos de miras que se centran  en la economía, la pobreza y la corrupción. Una vez más, esos argumentos no responden a cuándo, dónde y por qué se produjeron los levantamientos. Paradójicamente, algunos de ellos pueden usarse para explicar la resistencia de los regímenes autoritarios: la corrupción, por ejemplo, puede beneficiar a segmentos importantes o poderosos de la población y, de este modo, hacerles partícipes del mantenimiento del statu quo.</p>
<p>Por último, la línea de argumentación más explosiva, y normalmente polémica, es la que se fija en la política regional y exterior de Siria. Este enfoque, a menudo ilusorio o cargado de objetivos políticos exógenos desde todos los puntos de vista, oscurece más que ilumina todas las realidades fundadas sobre el levantamiento sirio y las perspectivas del mismo. Irán, Israel y Hezbolá llegan a ser igual de importantes, incluso más, que otros factores que realmente han conducido a los levantamientos.</p>
<p>Está claro que hay excepciones a todos estos argumentos genéricos, pero la mayoría de las veces se diluyen en la ingente cantidad de “análisis” sobre Siria.</p>
<p><strong>Ningún factor único</strong><br />
Buscar un único factor que explique el levantamiento y sus perspectivas es una misión de locos. Sin embargo, hay verdades pertinaces que sí caracterizan al Estado, al régimen y a la sociedad de Siria. No es posible hacer aquí un análisis exhaustivo. Dejando a un lado, por el momento, la política exterior, los puntos de partida correspondientes al menos al escenario nacional son inconfundibles: en Siria, observamos una yuxtaposición entre la cohesión y la coherencia del régimen, y la marcada heterogeneidad social y regional de la sociedad. Vale la pena señalar que esta última se ve exacerbada por las tácticas y políticas del régimen. Reducir dicha heterogeneidad al “sectarismo” o al “dominio alauí” es no entender la sociedad y la historia sirias y, de hecho, tampoco la política del país. Esas reducciones también hacen caso omiso erróneamente del contexto estratégico general en su conjunto.</p>
<p>Puede que, al cabo de las décadas, el régimen se haya vuelto alauí en su composición (lo que desde luego no es algo bueno), pero no en cuanto a la política estatal. Las minorías de Siria –cristianos, alauís, drusos, chiíes, ismaelíes, así como kurdos y armenios– representan alrededor del 40% de la población. Pero se identifican estratégicamente las unas con las otras como minorías, lo que hace que la división entre la mayoría suní se acerque más a un 40-60%. Aun así, esto no explica otros factores causantes de la estratificación como la región, la clase, el sexo o las redes transversales.</p>
<p>Por tanto, la imagen general se impone sobre los espejismos culturalistas o sectarios. En última instancia, la cohesión orgánica en las altas esferas impide o eleva drásticamente la dificultad de que se produzcan  deserciones o soluciones como las de Túnez o Egipto. De manera inversa, la heterogeneidad dentro de la sociedad socava enormemente la posibilidad de una acción colectiva rápida u omnipresente contra el Estado. Históricamente, el régimen sirio ha sido muy consciente de estas dinámicas y ha trabajado con diligencia para exagerarlas infiltrándose en la sociedad en diversos niveles, por ejemplo, incluyendo la comunidad, la clase y la región.</p>
<p>Me gustaría centrarme en uno de esos conjuntos de factores o incursiones que se omiten sistemáticamente, o bien se distorsionan en los análisis sobre Siria. Se trata del continuo esfuerzo realizado por el régimen desde los años setenta para crear redes empresariales que unan a los principales actores empresariales y a los funcionarios estatales, a medida que estos últimos, y sus vástagos, se aventuran en el mundo de los negocios.</p>
<p><strong>Vínculos Estado y mundo empresarial</strong><br />
He defendido este argumento de forma mucho más extensa en otros lugares, pero es conveniente exponer un poco los antecedentes. El régimen fue salvado en 1982 por los mercaderes suníes urbanos que explícitamente se mantuvieron leales a Hafez al Assad cuando reprimió a los Hermanos Musulmanes. Esa acción impidió que el movimiento adquiriese una amplia base popular. Assad y sus hijos nunca olvidaron aquel momento. Desde entonces, el régimen ha forjado unas relaciones más profundas con la comunidad empresarial suní (aunque de una manera selectiva para impedirles llegar a la acción colectiva). También ha fomentado la creación y el desarrollo de redes politico-económicas que mezclen a funcionarios estatales y actores empresariales. Estas redes sirven para sustituir las alianzas sociales por trabajo y para pasar algunas cargas del sector público a actores privados a los que se conceden privilegios no revelados para que inviertan, de modo que se fomenta una incursión a gran escala de la burguesía estatal en el llamado sector “privado”. En los años noventa, surgió en Siria una nueva clase empresarial a partir de las cenizas de lo que había sido una economía centralizada.</p>
<p>Las formas de apoyo, tanto pasivo como activo, por parte de este poderoso estrato social han protegido a las principales ciudades metropolitanas, en particular Damasco y Alepo, de las expresiones masivas de descontento, el cual sigue estando, como consecuencia, por debajo del umbral necesario para una toma de las calles en masa.</p>
<p>La otra cara de esta historia es que, desde finales  de los años ochenta, esos mismos empresarios y sus socios en los círculos oficiales (el Estado) han alejado de las zonas rurales la asignación de recursos e inversiones. También han promovido reducciones drásticas de los subsidios estatales a lo largo de los años, sin un aumento comparable de la creación de empleo, especialmente desde 2005, cuando Bashar al Assad anunció la creación de una nueva economía de “mercado social”.</p>
<p>El desigual desarrollo regional, unido al aumento de las dificultades para llegar a fin de mes por falta de trabajo y ayudas, castigó al campo con mucha más dureza que a las ciudades como Damasco y Alepo. Una gota adicional que colmó el vaso fue la sequía durante varios años sucesivos a partir de 2003, que provocó oleadas masivas de urbanización. Las ciudades metropolitanas tenían más capacidad para absorber esta emigración que otras ciudades que ahora están siendo testigos de tensiones y protestas. Como consecuencia, y combinado con décadas de gobierno y prácticas autoritarias, la mayoría de los habitantes, en especial de las zonas rurales, han tenido muy poco que perder hacia el final de la primera década del nuevo milenio. Eran, por tanto, los que estaban dispuestos a expresar unidos su descontento abiertamente. Todo lo que necesitaban era una chispa que prendiese la mecha. Buazizi se la proporcionó en Túnez cuando se inmoló.</p>
<p>La trayectoria de las revueltas sirias refleja, en parte, esta dinámica más compleja que vincula causas y consecuencias inmediatas de una manera más sutil. La capacidad del régimen para soportar la presión del levantamiento durante más de 10 meses, nos empuja a buscar otros factores que puedan ayudar a ofrecer una visión más holística. Sin embargo, la perseverancia del régimen habría peligrado gravemente sin el apoyo clave recibido de las sociedades urbanas más privilegiadas residentes en Damasco y Alepo, en toda su diversidad minoritaria y mayoritaria. De hecho, cuando empecemos a ser testigos de cismas fundamentales en esos lugares, habrá llegado la hora de iniciar la cuenta atrás para la siguiente fase del levantamiento, y quizás la decisiva, incluso en ausencia de una mayor militarización del conflicto.</p>
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		<title>Por un crecimiento inclusivo en la región árabe</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 11:37:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mohammad Pournik, director para la pobreza y los ODM (Objetivos de Desarrollo del Milenio) del Centro Regional para los Estados Árabes del PNUD. &#160; La experiencia árabe prueba que se puede alcanzar un crecimiento económico alto sin abordar  la exclusión política, pero es improbable que este sea sostenible. Cualquier reforma económica tiene que dar prioridad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mohammad Pournik, director para la pobreza y los ODM (Objetivos de Desarrollo del Milenio) del Centro Regional para los Estados Árabes del PNUD.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>La experiencia árabe prueba que se puede alcanzar un crecimiento económico alto sin abordar  la exclusión política, pero es improbable que este sea sostenible.</em></p>
<p><em>Cualquier reforma económica tiene que dar prioridad al desarrollo agrícola  y rural a fin de superar los inabordables problemas de la pobreza rural.</em></p>
<p><em>La transición deseada hacia un crecimiento inclusivo y que genere empleo puede facilitarse mediante una mayor integración económica.</em></p>
<p>El crecimiento económico en la región árabe ha sido inestable y ha estado mal repartido dentro de los países. Ha ido acompañado de la disparidad regional y de brechas cada vez mayores entre los ricos y los pobres, así como de una creciente vulnerabilidad de los grupos desfavorecidos, entre ellos mujeres y jóvenes. Este crecimiento ha tenido lugar en el contexto de un contrato social no escrito, en el que no ha habido una supervisión popular significativa de la acción gubernamental a cambio de que el Estado proporcione ciertos beneficios materiales a la población en general. El Estado también se ha ganado la lealtad de las élites locales al concederles un acceso privilegiado a la tierra, los contratos gubernamentales y un tratamiento empresarial preferente. El desarrollo ha beneficiado, por tanto, a las élites y ha provocado exclusión política y económica.</p>
<p>A pesar de registrar un crecimiento medio del PIB per cápita de un 2,4% desde 1991, la pobreza, medida según el umbral de pobreza nacional, solo pasó de una media del 20,3% en los años noventa al 18,1% en la década de 2000. Este ritmo lento de reducción de la pobreza de ingresos ha ido acompañado de una ralentización del progreso del desarrollo humano medido por los cambios en el Índice de Desarrollo Humano (IDH).</p>
<p>La combinación de unas actividades económicas de baja productividad y unas altas tasas de crecimiento de la población en edad de trabajar ha conducido a unos niveles de paro elevados y a un empeoramiento de la calidad del empleo, junto con importantes disparidades subnacionales en indicadores de desarrollo claves. Los subsidios  generales a los alimentos y el combustible tienden a beneficiar a los segmentos mejor situados y conducen a una producción y unos patrones de consumo insostenibles, a la vez que generan una considerable carga fiscal en aumento que desplaza inversiones sociales más efectivas. En el caso de Egipto, las subvenciones y transferencias sociales pasaron del 26% del gasto público total en 2006/2007 al 36% en 2008/2009, mientras que la parte de los sueldos y salarios, que incluye tanto los servicios de seguridad como sanidad y educación, disminuyó en ese mismo periodo, pasando del 23% al 22%.</p>
<p>La falta de una efectiva división de poderes y unos canales de expresión y organización restringidos han llevado a unos mercados distorsionados y a la perpetuación de la exclusión. Los mercados no permiten que los pequeños productores crezcan y no ofrecen ninguna protección a los consumidores. Las medidas de protección social –aun cuando teóricamente existen– no se ponen en práctica, y la financiación pública de los servicios sanitarios y educativos de calidad se ha ido reduciendo con el tiempo en términos de PIB per cápita. El Estado árabe típico, que antes daba trabajo con rapidez a los titulados superiores, ya no es capaz de absorber un número de universitarios más elevado que nunca, y hasta los que están en el sector público han visto menguar sus salarios con el paso del tiempo. De modo que la educación ya no es una garantía para el ascenso social y la clase media se ha reducido en todos los países salvo en los más ricos que exportan petróleo. En Túnez, por ejemplo, mientras que en la década de los ochenta los universitarios registraban unas tasas de paro inferiores al 5% (menos de la cuarta parte de la tasa en el caso de los analfabetos), hacia 2008, la tasa de paro entre los licenciados había aumentado hasta el 20%, cinco veces más que la de los analfabetos.</p>
<p>La experiencia árabe demuestra que, aunque es posible alcanzar un crecimiento económico alto sin abordar el problema de la exclusión política, es improbable que ese crecimiento sea sostenible. Demuestra, además, el papel de las políticas públicas mal gestionadas en la perpetuación de la pobreza, a pesar de que los niveles de ingresos crezcan a nivel nacional. Las políticas de desarrollo neoliberales, promovidas en la región desde mediados de la década de los setenta, pueden haber contribuido a integrarla en el orden económico mundial y ayudado a algunos países árabes a alcanzar unas tasas de crecimiento económico sostenidas, pero este camino no ha sentado las bases de un proceso de transformación en economías vibrantes y modernas. Como consecuencia, no ha creado puestos de trabajos dignos, ni reducido apreciablemente la pobreza, ni solucionado las desigualdades subnacionales.</p>
<p>Los malos resultados del desarrollo en la región se deben sobre todo a la influencia perniciosa de las rentas en la elección y puesta en práctica de los planes de desarrollo. La política de patrocinio practicada en la región ha debilitado la exigencia mutua de rendir cuentas entre el Estado y los ciudadanos. Como consecuencia, se observan patrones sesgados de inversión en el sector privado (interesado excesivamente en la especulación inmobiliaria y las actividades comerciales), una efectividad limitada del gasto público (con una considerable asignación de recursos al gasto militar y de seguridad y unas subvenciones generales sin objetivos fijos) y una merma importante de los activos medioambientales (en concreto, la región está agotando sus valiosos recursos hídricos a una velocidad alarmante).</p>
<p>La insatisfacción general con esta situación subyace en la llamada Primavera Árabe, en sus demandas de dignidad, justicia social y libertad. Para responder a estas demandas, los países árabes tienen que ir más allá de las formalidades de un sistema político competitivo y reformar realmente la relación entre el Estado y los ciudadanos. Los días en que se compraba la paz social distribuyendo una parte de las rentas recaudadas por el Estado entre los grupos influyentes de la población pueden haberse acabado definitivamente, excepto en los países  más dotados de fondos. Los Estados de la región tienen que abandonar las políticas de patrocinio y responder con eficacia a las aspiraciones de desarrollo de la población en general, convirtiéndose en Estados capaces y responsables. Esto requeriría importantes inversiones públicas en infraestructuras sociales productivas, para hacer frente a las endémicas disparidades subnacionales e interestatales. Es de esperar que esas inversiones se acumulen en el sector privado y sienten las bases para un proceso de desarrollo más inclusivo y sostenible.</p>
<p>La imperante actitud de laissez-faire de los gobiernos en un contexto de mercados disfuncionales tiene que cambiar si la región pretende responder a las demanda de dignidad, justicia social y libertad que caracterizan la Primavera Árabe. El medio de vida de una región árabe renaciente no debe dejarse en manos de un mercado cautivo de las élites políticas y empresariales con conexiones políticas. Es necesario definir una nueva relación entre el Estado y el mercado en la que las medidas gubernamentales calculadas, matizadas e integradas generen unos mercados genuinamente competitivos e inclusivos que promuevan la productividad y ofrezcan a los ciudadanos unos empleos dignos. Unos trabajos dignos con unas recompensas morales y económicas razonables son un derecho económico básico que debería permitir a las personas vivir dignamente y llevar unas vidas satisfactorias que den cabida a la participación política, especialmente en problemas y cuestiones que les afecten directamente.</p>
<p>Hay razones para ser optimistas respecto a las perspectivas de una transición económica positiva en la región, dado que la mayoría de los países tienen el espacio fiscal y los recursos humanos necesarios para sustentar una nueva visión del desarrollo. Simplemente necesitarían un contexto mundial más propicio que apoye los esfuerzos de diversificación de sus economías. Los países árabes más pobres clasificados como de desarrollo humano bajo necesitarían también una inyección de recursos externos, pero la mayoría de ellos pueden provenir de los países árabes más prósperos.</p>
<p>La respuesta a los actuales desafíos económicos clave exige un enfoque pragmático, que eluda la división ideológica entre aquellos que quieren un reinado completamente libre para el mercado y los que abogan por el control del Estado sobre todos los aspectos de la vida socioeconómica. Aunque no hay ningún motivo para que el Estado participe en la producción de cada producto concreto, tiene que proporcionar unos servicios sociales básicos y crear las infraestructuras reguladoras y físicas necesarias para un mercado inclusivo, además de salvaguardarlo de los procesos de exclusión social y económica, los cuales se retroalimentan mutuamente. Tienen que desarrollarse nuevas colaboraciones productivas entre un Estado que responda y asuma sus responsabilidades y un sector privado competitivo e inclusivo. El Estado tendría que facilitar las operaciones del sector privado en lugar de asfixiarlas, mientras que las empresas deberían dar muestras de su responsabilidad social garantizando que sus actividades no socavan una base ambiental frágil y ofreciendo unas condiciones laborales dignas a sus empleados. El Estado tendría que ofrecer incentivos a los jóvenes con formación y a las empresas, para que establezcan unos acuerdos productivos que les proporcionen a los primeros un trabajo digno y, a las segundas, la garantía de producir productos de calidad que puedan competir en el mercado mundial. El apoyo a las pequeñas y medianas empresas debería abarcar la identificación de las oportunidades de participación en actividades con gran valor añadido como parte de cadenas de valor más grandes. Cualquier programa de reforma económica tiene que dar prioridad al desarrollo agrícola  y rural a fin de superar los inabordables problemas de la pobreza rural.</p>
<p>En los países de desarrollo humano bajo, con un nivel de pobreza humana y de ingresos altos, concentrada en las zonas rurales, el Estado debe dar prioridad al desarrollo de estas zonas para seguir avanzando hacia los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Esto exigiría poner fin al abandono de la agricultura y de las regiones periféricas, y  promover unas inversiones considerables en las zonas rurales y el sector agrícola. Para reducir de forma significativa las persistentes tasas elevadas de pobreza rural, se necesitaría una estrategia de desarrollo rural medioambientalmente sólida. Dicha estrategia debería proteger los medios de vida frágiles y sacar de la pobreza a un gran número de personas, lo cual contribuiría a expandir la base del mercado local con el objetivo de convertirse en una economía moderna y vibrante. En línea con el patrón observado de transformación estructural, los países de desarrollo humano bajo también tienen que impulsar una base industrial que aporte valor a sus productos agrícolas y proporcione los elementos necesarios para desarrollar una agricultura más productiva. De este modo, se puede crear una sinergia positiva entre las zonas rurales y urbanas.</p>
<p>En los países con ingresos medios, el desafío es responder a la demanda de trabajos dignos por parte de una mano de obra cada vez más formada y facilitar el desarrollo de las regiones marginadas. El Estado debería adoptar una estrategia bidireccional, que desarrolle una economía basada en el conocimiento en el ámbito nacional y que, al mismo tiempo, reduzca las disparidades subnacionales mediante la creación de distintos polos industriales y el fomento del desarrollo económico local en las zonas más deprimidas. De esta forma, los países con ingresos medios serán capaces de ascender en la cadena de valor, tanto en el sector industrial como en el de los servicios. Combinando unas buenas infraestructuras y unos buenos servicios de apoyo al desarrollo empresarial con incentivos legales y estímulos de la demanda, los gobiernos pueden contribuir a “inyectar” inversión privada en las regiones deprimidas y en sectores clave como el de las energías renovables. Para lograr unas economías de escala que tengan impacto, muchas de estas medidas deberían integrarse en las estrategias árabes de desarrollo industrial y de infraestructuras.</p>
<p>El éxito de estas intervenciones está supeditado a un marco de políticas macroeconómicas que promueva el espacio fiscal para las inversiones públicas y tenga el empleo como objetivo estratégico. Un planteamiento así puede propiciar contextos de crecimiento e inversión que conlleven una absorción relativamente mayor de mano de obra a la vez que fomentan la productividad. Esto implicará una mayor dependencia de la movilización de los recursos nacionales, lo que incluye aumentar la base tributaria. Las políticas fiscales y de gasto deberían evaluarse desde la posición estratégica de las consecuencias para el desarrollo humano y no solo en función de criterios de sostenibilidad fiscal a corto plazo. Aunque las subidas de impuestos no están en el programa político inmediato de los países, dada la crisis económica y el continuo aumento del precio de los cereales, la puesta en práctica eficaz de un sistema tributario progresivo para reducir las desigualdades debería ser una característica importante de la política fiscal a medio plazo, especialmente en los países con ingresos medios. Con esto en mente, los Estados tendrían que hacer hincapié en los impuestos directos y asegurarse de que los indirectos no son regresivos. En cuanto a los gastos, habría que dar prioridad a las necesidades de los grupos y las zonas hasta ahora marginados.</p>
<p><strong>Hacia una unión económica árabe</strong><br />
La transición deseada hacia un crecimiento inclusivo y que genere empleo puede facilitarse mediante una mayor integración económica, que cree un mercado de 350 millones de personas. Una unión económica árabe eficaz daría lugar a flujos de la inversión privada y pública desde los países árabes exportadores de petróleo más ricos hacia las regiones menos desarrolladas. La región puede crear estructuras similares a los fondos estructurales de la Unión Europea, que tuvieron una función crucial a la hora de facilitar la transformación política y económica de España y Portugal. La libre circulación de bienes, servicios y capital y la migración sostenible de la mano de obra podrían permitir que la región fuese más consciente de sus posibilidades como centro de transportes, servicios y energía, a la vez que mejorarían la seguridad alimentaria regional y la capacidad industrial en los sectores productivos seleccionados.</p>
<p>Este análisis de las dinámicas y motores del desarrollo en la región árabe y su conclusión positiva en relación con la posibilidad de una acción correctiva, confirman que los malos resultados en materia de desarrollo se han debido al impacto de una estructura económica distorsionada. Una característica importante de este sistema disfuncional son los muchos procesos de marginación socioeconómica y política que han acompañado al crecimiento económico en la región. Cualquier solución al problema, por tanto, tiene que sustentarse en un nuevo contrato social que exija una responsabilidad mutua entre el Estado y los ciudadanos, de manera que las políticas económicas revisadas se lleven realmente a la práctica tal como se han diseñado, con unos mecanismos de seguimiento rigurosos.</p>
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		<title>Siria, el tiempo juega a la contra</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Apr 2012 11:23:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tras un año de protestas, Siria se ha convertido en un foco de preocupación en una región ya de por sí muy sensible y vulnerable. El conflicto sirio corre el riesgo de desbordarse y alcanzar a los países vecinos, los cuales por supuesto no son ajenos al aumento de la violencia que se vive dentro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tras un año de protestas, Siria se ha convertido en un foco de preocupación en una región ya de por sí muy sensible y vulnerable. El conflicto sirio corre el riesgo de desbordarse y alcanzar a los países vecinos, los cuales por supuesto no son ajenos al aumento de la violencia que se vive dentro del país. La llegada de refugiados que cruzan territorios minados escapando de la violencia, de la crudeza de los asedios y de las inclemencias de un día a día que cada vez se parece más al de una guerra, es una realidad a la que los vecinos de Siria, y especialmente Turquía, se ven obligados a responder. Una respuesta humanitaria adecuada, por las dificultades que impone el propio régimen sirio y por la lentitud e ineficacia de la comunidad internacional, sin embargo, no parece vislumbrarse fácilmente.</p>
<p>El tiempo y la geopolítica juegan a favor del régimen. Por un lado, el grado de violencia y los riesgos de guerra civil son cada vez mayores. Por otro, entre los actores internacionales parece calar cada vez más las tesis del régimen de que entre los rebeldes hay efectivos yihadistas y que los atentados terroristas son una prueba de la presencia de Al Qaeda sobre el territorio. Aunque la oposición asegura que son obra del régimen, la realidad es que han propiciado reticencias entre la comunidad internacional a intervenir en Siria.</p>
<p>En un principio, los términos del consenso que se intentaba lograr en el seno de Naciones Unidas giraban en torno a la posible salida de Bashar Al Assad y a la cesión del poder a manos de su vicepresidente, algo que no garantizaba la caída del régimen pero sí la del clan familiar que lo ha dirigido durante 42 años con una política hermética paternalista, controladora y voluntariamente sectarista. En estos momentos, la mediación internacional parece resignarse a apagar algunos de los incendios más alarmantes de la crisis y conseguir el cese de la violencia, el acceso de la ayuda humanitaria y el inicio de un diálogo. Si bien este nuevo arreglo podría conseguir federar el aval ruso y chino, la realidad es que da al traste con las aspiraciones de los opositores sirios.</p>
<p>El argumento de la fragmentación y la falta de legitimidad de la oposición sirve como justificación de la débil respuesta internacional. A su vez, el régimen aprovecha esta división de la oposición para sembrar dudas con respecto a sus intenciones, métodos y composición. La estrategia de descrédito se desarrolla tanto desde los discursos oficiales como desde los múltiples foros en internet. La tarea informativa de los profesionales se ha visto gravemente entorpecida por el veto, por lo que los periodistas que logran infiltrarse en el terreno de la mano de los rebeldes son tachados de poco objetivos y su profesionalidad es cuestionada sistemáticamente al igual que las informaciones que circulan por la red, procedentes de activistas sirios que documentan el conflicto. Abundan además las teorías conspiratorias que aluden a supuestos intereses israelíes y americanos para desestabilizar el país y que acaban apoyando al régimen sirio en detrimento de las demandas populares de democracia y libertad.</p>
<p>Ante esta situación, algunos países abogan por armar directamente a los rebeldes, a pesar de los riesgos que esta estrategia entraña. Pero todavía hay margen para incrementar las sanciones y aislar diplomáticamente al régimen y no se ha iniciado ningún procedimiento de justicia internacional que lo pueda arrinconar aun más. Y habrá que ver cómo evoluciona Irán y su escalada de tensiones con Israel y Estados Unidos y cuáles podrían ser las repercusiones para el aliado sirio.</p>
<p>El plan de Al Assad es difícilmente sostenible. La represión acompañada de reformas cosméticas puede mantener al régimen en pie temporalmente, pero habrá que ver si podrá sobrevivir con más de 8.000 muertos, 30.000 refugiados y 200.000 desplazados a sus espaldas.</p>
<p>El problema de Siria se agrava con el tiempo. Cada día que pasa, la comunidad internacional parece más inoperante, el coste humano y material es mayor, las posibilidades de una transición hacia la democracia se desvanecen y el escenario posconflicto dibuja una sociedad rota por la confrontación y la violencia. ¿Cuánto más habrá que esperar?</p>
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		<title>Reflexiones europeas sobre la Primavera Árabe: Bernardino León</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 17:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articulos]]></category>

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		<description><![CDATA[El enviado de la UE para el Mediterráneo sur no es pesimista: a pesar de los retrasos, Egipto, Túnez, Marruecos hacen las cosas bien. ¿Argelia? ¿Libia? Ahí conviene esperar. Bernardino León, diplomático español, antiguo secretario de Estado, secretario general de la presidencia y Sherpa del G-20, es desde hace cuatro meses enviado de la Unión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El enviado de la UE para el Mediterráneo sur no es pesimista: a pesar de los retrasos, Egipto, Túnez, Marruecos hacen las cosas bien. ¿Argelia? ¿Libia? Ahí conviene esperar.</strong></p>
<p>Bernardino León, diplomático español, antiguo secretario de Estado, secretario general de la presidencia y Sherpa del G-20, es desde hace cuatro meses enviado de la Unión Europea para el Mediterráneo sur, un cargo nuevo con el que la UE pretende estar más presente en las transformaciones de la región.</p>
<p>afkar/ideas: ¿Cómo definiría el mandato de embajador en Misión Especial de la Unión Europea para el Sur del Mediterráneo?</p>
<p>bernardino león: Es un mandato amplio en lo geográfico y concreto en su contenido. Señala específicamente que se busca más diálogo y más eficacia de la Unión Europea en los países del Mediterráneo sur, entendiendo por ello el norte de África, Oriente Próximo y el Golfo. Creo que la Unión debe tener un instrumento para trabajar únicamente en aquellos países que están en transición y que de esta forma sea también el comienzo de una nueva relación, diferente. Salir de ese enfoque regional que hemos tenido durante años de “todos por igual”. Ahora lo que importa es la diferenciación de aquellos que realmente están en transición, frente a quienes no lo están, y diferenciación dentro de aquellos que están en transición entre unos y otros. De alguna forma hacer realidad el principio more for more. Es la manera en la que hasta ahora la UE lo está interpretando. No todo el mundo, pues he tenido reiteradas peticiones de ocuparme de Siria. Pero me parece importante no confundir, tampoco dar señales que pudieran ser ambiguas. Si la persona que se ocupa de las transiciones viaja a Siria, puede interpretarse como un mensaje de ambigüedad y confundir al gobierno sirio.</p>
<p>a/i: ¿No le pesa el nuevo cargo?</p>
<p>b.l.: Herman van Rompuy ha dicho que los dos grandes desafíos que tiene en este tiempo histórico la UE es la crisis de la deuda y las transiciones árabes. Si es así, qué duda cabe que es un honor y una gran responsabilidad que se me encomiende gestionar, contribuir a marcar estrategias, a hacer la política de la Unión en esa región. Pero no lo afronto como una carga, sino con realismo e ilusión.</p>
<p>a/i: El rey de Marruecos ha impulsado una reforma de la Constitución presionado por la Primavera Árabe. ¿Cómo percibe esos movimientos reformistas?</p>
<p>b.l.: Mohamed VI y las propias autoridades marroquíes han señalado que este es un primer paso, una primera reforma pero no el final del camino, y eso es razonable. No comparto esos análisis que dicen que es muy poco. Creo que es una reforma de calado y hay que valorar que el rey la haya impulsado. No diría, como se plantea en la pregunta, presionado por la Primavera Árabe: ha sido un elemento, pero este rey ha sido reformador desde el primer momento. Ahí están las comisiones de la verdad para investigar los abusos de derechos humanos que se cometieron durante el reinado de su padre, por los que ha habido indemnizaciones y peticiones de disculpas. El rey ha hecho un esfuerzo en la lucha contra la pobreza: con sus iniciativas, con sus políticas hacia el Norte, una zona que su padre había abandonado. Es decir, hay una trayectoria de reformismo favorecida por estas revoluciones en el mundo árabe.<br />
Creo que las reformas son de calado y están en la línea de querer dar a los partidos políticos marroquíes un protagonismo mayor; de terminar con la dicotomía entre Consejo Real y gobierno y con el nombramiento por parte del Rey de primer ministro; de querer crear una Corte Constitucional que termine también con la anomalía de que es el rey el máximo intérprete de la Constitución&#8230; Este es un elemento importante también para Jordania. En una época en la que la Constitución pasa a ser el centro de la vida política, no es la mejor fórmula que el rey siga siendo su máximo intérprete.</p>
<p>a/i: ¿Qué papel podría desempeñar España acompañando ese proceso de transición? ¿Lo está haciendo con las autoridades marroquíes?</p>
<p>b.l.: España puede hacer mucho por acompañar ese proceso. Tenemos, bien por nuestra relación bilateral, bien por esa búsqueda de referentes que puedan ser útiles, la posibilidad de estar presentes. Lo estamos de hecho porque hay un intercambio y un diálogo permanente entre Marruecos y España, entre las autoridades y también entre los dos reyes. Yo creo que es importante que se siga haciendo así. Que cuando no compartamos algún movimiento lo digamos, pero que sobre todo seamos constructivos. España y Francia son los dos países, Marruecos nunca lo ha ocultado, que pueden y deben tener una mayor presencia, un mayor acompañamiento de la reforma.</p>
<p>a/i: ¿Está teniendo contacto con el movimiento del 20 de febrero a nivel europeo?</p>
<p>b.l.: No lo he tenido todavía, pero lo tendré.</p>
<p>a/i: Argelia es un Estado clave para España. ¿Qué espera en el futuro inmediato?</p>
<p>b.l.: Argelia ha dado algunos pasos aun tímidos aunque ha anunciado cambios importantes en los próximos meses. Todavía es pronto para valorar el alcance.</p>
<p>a/i: Al principio de las protestas en Libia, la UE y la comunidad internacional dijeron que no contemplaban a Muamar Gadafi como parte del futuro de Libia. ¿Forma Bashar al Assad parte del futuro de Siria?</p>
<p>b.l.: Al principio se pensó que podía ser así, y se intentó que fuera así. Es decir, el régimen sirio, como ocurre en este tipo de dictaduras, es complejo y el presidente Assad desde un primer momento se manifestó dispuesto a llevar a  cabo reformas. Yo creo que ha hablado más de lo que ha actuado, pero siempre una evolución es preferible a una revolución. La comunidad internacional quiso favorecer esa vía, que fuese el régimen el que abriera la puerta de la transición, sabiendo que Siria es un país donde la complejidad no está solo en el entorno presidencial. Alrededor del presidente hay personas que tienen una línea más dura; otros que, desgraciadamente son los menos, pueden tener una visión más abierta y más moderada, pero es una sociedad donde se cruzan las tensiones. Hay tensiones étnicas entre la mayoría suní, el 55% de la población, y las distintas minorías chiíes, alauíes, cristianas, judías, kurdas, que tienen miedo de lo que pudiera hacer una parte de esa mayoría suní, que temen que pudiera estar especialmente radicalizada, y que también pueden sentir una cierta protección al estar gobernados por representantes de otra minoría. Esas tensiones se dan entre partidarios de la transición a  la democracia y quienes no lo son, quienes son partidarios de un régimen más centrado en la religión. En definitiva, una situación muy complicada y un vecindario muy complicado: Israel en una situación también difícil, con la crisis que hemos vivido en torno a la cuestión del Estado palestino en Naciones Unidas; Irán también desconcertado por lo que está ocurriendo y preocupado por la situación interna de Siria… Razones suficientes para que la comunidad internacional reaccionara con prudencia, incluso diría que con  paciencia. Ahora, esa paciencia se ha acabado.</p>
<p>a/i: ¿Sí?</p>
<p>b.l.: Sí, esa paciencia se ha acabado y en estos momentos creo que ya nadie en Occidente, nadie en el mundo árabe, confía en que Assad pueda ser la persona que guíe a su país a esa democracia. Por eso se sigue trabajando en Naciones Unidas, buscando un consenso que cada vez es más amplio. Vemos que países como China o Rusia se van acercando a ese consenso. Hemos visto reacciones muy duras, por ejemplo del rey Abdalá de Arabia Saudí, o del secretario general de la Liga Árabe; hemos visto a los países del Golfo retirar a sus embajadores… Por tanto, ese consenso está creciendo sobre una base muy sólida: el primer impulso viene de la propia región, lo cual es clave. Y llegará, todavía no hemos conseguido esa resolución pero llegará, y llegará un consenso. Sabemos que hay países que no quieren que se reproduzca el esquema de Libia, esto es evidente y  tenemos que contar con ello, pero creo que todavía hay margen para conseguir que aumente la presión internacional.</p>
<p>a/i: ¿Se puede entender que China y Rusia están en una operación de suave retirada en el Consejo de Seguridad, o se mantienen firmemente?</p>
<p>b.l.: Yo creo que están avanzado, que van entendiendo nuestro camino. No hay un cambio de posición profundo todavía, pero sí creo que hay una evolución, sobre todo una mayor preocupación de lo que está haciendo Assad y el régimen sirio.</p>
<p>a/i: ¿Cree que la imposición a partir del 15 de noviembre de las sanciones que tocan el tema de los hidrocarburos van a suponer un paso no decisivo, pero casi, y que podremos empezar a ver el principio del fin?</p>
<p>b.l.: Es difícil establecer un horizonte temporal, pero sí ver que las sanciones en el sector de hidrocarburos van a afectar al régimen y al país. Soy defensor de las sanciones; a veces tienen incluso mala prensa, pero creo que en la mayoría de los casos producen resultados y son un instrumento de cambio importante, sobre todo en casos como este donde por el momento ha sido difícil encontrar un consenso en el Consejo de Seguridad.</p>
<p>a/i: ¿Cree que el papel que está desempeñando el ejército en la transición egipcia es dominante?</p>
<p>b.l.: Creo que sí, es un papel que además procede de una tradición asentada en Egipto desde la época de Nasser. El ejército ha tenido un papel muy importante en la vida política egipcia, pero también creo que hay una voluntad de cambio, de dejar el poder en manos de los civiles y de hacer un transición, aunque se sabe que no es fácil. Vamos viendo, a pesar de que probablemente habrá retrasos, que se sigue adelante con el calendario electoral: en noviembre comenzamos con las primeras citas electorales. Da la impresión de que quizá haya retraso en las presidenciales, habrá nueva Constitución, habrá una reforma&#8230; El bloque que ha protagonizado la revolución no es homogéneo, con diferencias importantes entre unos y otros respecto a cómo, por ejemplo, se debía afrontar la reforma constitucional, respecto al calendario…</p>
<p>a/i: Sobre los principios supraconstitucionales… Vemos que hay dos grandes corrientes: una islamista y otra, digamos, más abierta, liberal. El ejército además de hacer de árbitro quizá intenta hacerse indispensable. ¿Existe ese riesgo?</p>
<p>b.l.: Yo creo que es un actor indispensable y que, probablemente, quiere dejar el poder en manos de los civiles. No piensa que al país le vaya a ir mejor si eso no ocurre. Los militares ya han visto hasta donde ha llevado una presidencia como la de Mubarak, si no se hubiese impedido a través de la revolución y de la acción de los militares, porque solo la revolución no habría impedido la posible sucesión de su hijo… Luego, además, creo que hay un cierto sentimiento nacionalista, de orgullo, que ahora se ha reforzado; los militares han visto que se refuerza cuando Egipto lidera las reformas. Por tanto, también los militares egipcios saben que si su país quiere seguir ejerciendo el liderazgo tendrá que cumplir esas reformas. Sabiendo que es un país complicado, donde hay una parte importante de la población que vive en áreas rurales que puede ser más conservadora sociológicamente hablando, con unos niveles de analfabetismo en algunas zonas muy elevado. Todo eso no es una caldo de cultivo que favorezca una transición rápida. Aquellos líderes locales que tuvieron un rol importante en el PND de Mubarak  también van a ejercer un  papel, que no será probablemente el más favorable a una transición. Hay que negociar con los Hermanos Musulmanes, en cuyo interior hay tendencias muy diferentes. Por una parte, tenemos a los más maduros, que defienden una manera de actuar; por otra, a los jóvenes que han estado en muchas ocasiones al lado de los revolucionarios laicos. Todas esas fuerzas actúan en la transición egipcia y como árbitros de todas ellas están los militares.<br />
Una Asamblea Constituyente con partidos democráticos, aunque no sean mayoritarios, provocará la necesidad de llegar a consensos, porque los Hermanos Musulmanes son inteligentes y hasta ahora han mantenido estrategias inteligentes de buscar pactos con todos. Se generarán nuevas dinámicas y serán dinámicas democratizadoras, liberalizadoras, igual que la elección dentro de unos meses, ojalá que sea más pronto que tarde, de un presidente, aunque no tenga un partido detrás, pero de un presidente con poderes… Si los egipcios eligen a alguien con capacidad de liderazgo, con capacidad de introducir elementos transformadores en el sistema, se producirán dinámicas de cambio más que considerables.<br />
Pero Egipto no es Túnez. Túnez es un país más homogéneo, donde socialmente hay una trayectoria histórica que favorece una transición rápida, y Egipto evidentemente no es así. No habrá una transición rápida pero habrá una transición. Los militares saben que no pueden cometer ciertos errores. Es un país grande, de gran población, con recursos. No le sobran las reservas, pero tiene unos activos extraordinarios, no solo energéticos. Tiene el turismo, tiene el Nilo, que es en sí mismo ya una “bendición divina”, tiene restos arqueológicos de un valor extraordinario, tiene el canal de Suez…  Egipto es un país que bien gestionado puede ir muy bien.</p>
<p>a/i: ¿El general Tantawi, hoy mariscal, quiere mantener las riendas en manos del ejército o quiere, en cambio, facilitar una lenta transición hacia la sociedad civil?</p>
<p>b.l.: Lo que estamos viendo es lo segundo. El mariscal Tantawi, el general Anan, el general Assad… todos, porque es un Consejo, tienen la voluntad de seguir adelante. Ha habido retrasos en el calendario, también los ha habido en Túnez, que se interpretaron como una señal de que las cosas no iban bien. Bueno, yo creo que es una señal de que se han querido organizar bien las elecciones, con todas las garantías. Si tiene que ir más despacio para que el resultado sea mejor, entonces tenemos que entenderlo, tenemos que favorecerlo, pero que no se detenga, esa es la clave en Egipto. Vivimos tiempos en los que la gente quiere que las cosas ocurran muy rápido y algunas no pueden ocurrir tan rápido.</p>
<p>a/i: ¿Qué deduce de las elecciones de Túnez del 23 de octubre?</p>
<p>b.l.: La primera buena noticia es que esas elecciones han estado bien organizadas, han sido ejemplares, las primeras democráticas en la historia de Túnez. La segunda: de la elección saldrá una Asamblea Constituyente fragmentada pero con algunos bloques importantes. Hay una fuerza hegemónica, Ennahda. Esa fuerza tiene un apoyo importante de la población, pero hay partidos laicos de centro, centro-izquierda, como puede ser Ettakatol o el PDP, que han logrado también un apoyo considerable.<br />
Hasta ahora están demostrando unos y otros capacidad de llegar a consensos. Túnez va a ser un referente para el mundo árabe. Y espero además que tengan una capacidad de trabajar con la comunidad internacional y con la Unión Europea. El 28 y 29 de octubre se celebró la task force Túnez-UE y pude compartir la preparación y el análisis de los resultados con los 12 principales partidos políticos que integran la conocida como comisión Ben Achur: todos apoyan una mayor implicación de la UE en el proceso.</p>
<p>a/i: ¿Cómo encaja su papel con la Unión por el Mediterráneo?</p>
<p>b.l.: Hemos tenido una época, por distintas razones, de un cierto estancamiento del proceso de la Unión por el Mediterráneo. Creo que ahora vamos a asistir a un cierto relanzamiento. El nombramiento de Yussef Amrani como secretario general es muy positivo, es una persona con capacidad de liderazgo y de renovación. Los cambios que se están produciendo en el Sur a corto plazo quizá compliquen la escena, pero a medio plazo pueden ser muy positivos para la UpM. En la medida en que haya una mayor sintonía en los principios y valores, que ya sí podrán ser plenamente compartidos con países que, en algún momento, completen sus transiciones democráticas, todo eso favorecera una mayor unión.</p>
<p>a/i: Una vez que Palestina ha decidido presentar su solicitud a Naciones Unidas y se abre la posibilidad de su reconocimiento como Estado miembro, ¿en qué situación queda la UE? Para algunos incluso, dada la limitación de maniobra que tiene Estados Unidos, esta es una oportunidad para la UE.</p>
<p>b.l.: Tengo que decir en primer lugar que la cuestión palestina no entra dentro de mi mandato. Sí entraría dentro de mi mandato el refuerzo de las instituciones palestinas, todo lo que pueda contribuir a la democratización de la sociedad palestina como sociedad que está en el Mediterráneo sur. Dicho esto, creo que la UE ha demostrado que incluso allí donde puede haber diferencias de criterio y de visión entre los Estados miembros, hay posibilidades: número uno, de ponerse de acuerdo; número dos, de tener una posición constructiva que ayude a que se siga adelante en el proceso de paz. Estados  Unidos es un actor indispensable. Desde que se creó el Cuarteto,<br />
EE UU acepta que siendo un actor indispensable, con un liderazgo especial en Oriente Próximo, necesita del apoyo de la comunidad internacional. Creo que lo más positivo que ha ocurrido en los últimos días es que Naciones Unidas reaparece como un actor decisivo. Me parece que no era ni positivo ni inteligente que la ONU estuviese marginada del proceso. El gobierno israelí tiene que entender que, por muchas que sean las dificultades y la necesidad de cuidar las coaliciones, habrá que hacer concesiones. Pienso que hay una parte importante del Likud que entiende que la única solución pasa por un acuerdo definitivo en el que habrá que ceder, dicho entre comillas, desde la perspectiva israelí, o responder a exigencias de la otra parte que serán muy duras. Hay una mayoría en el centro, Kadima, y una mayoría en la izquierda, laborista y de otros partidos, que saben que ha llegado el momento de la verdad. Quizá ahora mismo hay una calma momentánea después de la última Asamblea General, pero tiene que imponerse un sentido de urgencia.<br />
La UE ha tenido siempre una posición de vanguardia respecto al Estado palestino. Fue la primera, en la declaración de Venecia en 1980, en hablar del Estado palestino; generó un escándalo internacional y algunos se rasgaron las vestiduras. En 1999, con la declaración de Berlín, se dio un paso más diciendo que tenía que haber un Estado palestino que la UE reconocería en su debido momento. Quizá ese debido momento se esté acercando, si Israel se mostrara dispuesto a negociar y a no paralizar en el tiempo el proceso de acuerdo. Siempre será más positivo que el Estado nazca de un acuerdo de paz bilateral, fruto de un entendimiento, con unos parámetros aceptados por Israel y por los palestinos, pero también por los Estados vecinos y por la comunidad internacional.</p>
<p>a/i: Nos gustaría conocer su opinión sobre la situación en Libia.</p>
<p>b.l.: En primer lugar, ha terminado el régimen de Gadafi, un régimen que ha sido de lo peor que ha conocido la región en el siglo XX; un régimen que, para pervivir, ha vaciado institucionalmente el país, vaciado las mentes de los libios e impedido la prosperidad económica, intelectual, política… Por tanto, la labor que hay que hacer en el caso de Libia es una labor mucho más compleja, que va a requerir mucho más esfuerzo y tiempo que la de otros países. Si es evidente que Túnez y Egipto van a necesitar mucho apoyo internacional para salir adelante, lo es todavía más en el caso de Libia. Segundo, tenemos que estar preparados para trabajar en la articulación de un país donde la geografía y el clima imponen unas dificultades inmensas; con muy poca población; con falta de cultura política y además con recursos energéticos que pueden ser un gran activo para el país, pero que también son problemáticos. Se ha producido la vuelta al país de gente joven que estaba estudiando fuera, que tienen una visión muy abierta del mundo y que pueden hacer mucho por crear un élite funcionarial y política necesaria para el país. Pero también hay elementos radicales islamistas que adquieren protagonismo. Las dificultades son grandes.</p>
<p>a/i: ¿Será necesaria una misión internacional de pacificación en Libia?</p>
<p>b.l.: Creo que no. Las nuevas autoridades libias son muy celosas de su soberanía y quieren ser ellos los que guíen el proceso. Esto es positivo.</p>
<p>a/i: ¿Cómo cree que vigila el gigante saudí a Estados Unidos y a Israel?</p>
<p>b.l.: Yo creo que los saudíes están reaccionando y haciendo cosas que eran impensables hace muy poco tiempo. El primer paso ha sido un gran programa de reformas económicas que ojalá muchos nos pudiéramos permitir. Recientemente hemos visto medidas que permiten una participación de las mujeres en la vida política, medidas liberalizadoras que eran ayer inimaginables. Estábamos esperando que autorizaran conducir a las mujeres; o que se suprimiera esa obligación anómala de que los maridos tengan que autorizar los viajes a sus esposas. Pero nos hemos encontrado con que se ha permitido la participación de la mujer, el voto en las elecciones municipales y se ha anunciado que también será así en las próximas legislativas. Es un país especial con su tradición wahabí y sus características religiosas muy específicas, país que además guarda los Lugares Santos del islam. No han optado por el inmovilismo. Y además recordaba hace unos minutos la declaración que hizo el rey Abdalá sobre Siria, declaración valiente, declaración dura. La evolución es siempre preferible a los cambios más violentos. Además Arabia Saudí tiene que desempeñar necesariamente un papel de liderazgo en el mundo árabe. No solo Arabia Saudí, también hay que recordar la labor que están haciendo Qatar, Emiratos, Omán o incluso Kuwait. Su implicación en el conflicto en Libia ha contribuido a construir un consenso amplio en el mundo árabe sobre la actitud a adoptar ante las revoluciones, y anuncia además que estos países van a seguir en esa senda de reforma, una reforma gradual, pero reforma.</p>
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		<title>Egipto, entre la revolución y las urnas</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 16:57:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El lento tránsito de la legitimidad popular de Tahrir al Parlamento, sumado al enrocamiento de la Junta Militar, abre un periodo de incertidumbre sobre el camino que seguirá la transición. Tras el giro violento que experimentó la Primavera Árabe al brotar en Yemen, Libia, y Siria, los dos primeros países donde triunfó la revuelta, Túnez [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El lento tránsito de la legitimidad popular de Tahrir al Parlamento, sumado al enrocamiento de la Junta Militar, abre un periodo de incertidumbre sobre el camino que seguirá la transición.</strong></p>
<p>Tras el giro violento que experimentó la Primavera Árabe al brotar en Yemen, Libia, y Siria, los dos primeros países donde triunfó la revuelta, Túnez y Egipto, fueron incluidos durante meses dentro de una misma categoría: la de las revoluciones exitosas. Sin embargo, sus transiciones democráticas avanzaron por caminos bastante diferentes. Mientras en Túnez los partidos políticos fueron capaces de pactar una hoja de ruta, y su relación con el gobierno interino fue bastante fluida, en Egipto, la Junta Militar que asumió el poder tras la caída de Hosni Mubarak se dedicó a instigar las divisiones entre laicos e islamistas y a retrasar el traspaso de poder el máximo tiempo posible.</p>
<p>El contraste fue evidente los primeros días de noviembre. Cuando Túnez aún conservaba en la retina la  ilusión y esperanza expresadas en sus primeras elecciones libres, consideradas a nivel internacional como modélicas, la plaza Tahrir volvía a estallar. El centro de El Cairo se convertía de nuevo en una batalla campal entre jóvenes revolucionarios y fuerzas del orden. Aunque los disturbios pudieron sorprender a muchos, el malestar se había cocido a fuego lento durante muchos meses.</p>
<p><strong>Las raíces de la revuelta</strong></p>
<p>La causa principal de la segunda ola revolucionaria se encuentra en la falta de voluntad real por parte de la Junta Militar de llevar a cabo una proceso de transición sustantivo, a pesar de su compromiso público con las demandas revolucionarias tras la caída de Mubarak. Nueve meses después de la renuncia del denostado dictador, no había excesivos cambios en la vida cotidiana de los egipcios. La ley de emergencia, decretada hace más de tres décadas, continuaba vigente, lo que permitió que se juzgara a más de 12.000 civiles en tribunales militares solo durante este periodo. No se desmanteló el sistema de seguridad responsable de violaciones sistemáticas de derechos humanos durante el régimen de Mubarak. Se cambió su nombre, pero no sus prácticas. El país continuaba siendo administrado por la cúpula del ejército sin una fecha clara para el traspaso de poderes a un gobierno civil. E incluso el juicio a Mubarak, símbolo de la nueva justicia revolucionaria, se encontraba estancado ante la falta de cooperación de las autoridades.</p>
<p>No obstante, la gota que colmó el vaso de la paciencia popular fue la presentación a principios de noviembre de un documento que recoge una serie de principios que la nueva Carta Magna del país debería respetar. De acabarse aplicando, la incipiente democracia egipcia quedaría encorsetada por la tutela militar. Por ejemplo, el texto priva al futuro Parlamento de la  iniciativa legislativa en asuntos relacionados con las fuerzas armadas. El legislativo tampoco podría fijar el presupuesto de éstas, que sería secreto.</p>
<p>Además, en su anexo, se establece que 80 de los 100 miembros del comité que deberá redactar la Constitución serán seleccionados por la Junta Militar de entre “representantes de la sociedad civil”, como líderes sindicales, clérigos o magistrados. Al Parlamento le correspondería solo nombrar a los 20 miembros del comité restantes. En caso de no consensuar un texto en un periodo de seis meses, la Junta Militar se arroga la prerrogativa de formar un nuevo comité sin presencia de representantes del legislativo.</p>
<p>En protesta contra el llamado documento de los “principios supraconstitucionales”, el 18 de noviembre se celebró una manifestación multitudinaria en la plaza Tahrir, el epicentro de la revolución del 25 de enero. Al finalizar la concentración, unas 200 personas, la mayoría víctimas de la revolución que aún no habían cobrado las compensaciones prometidas, decidieron iniciar una acampada en el corazón de la emblemática plaza. De madrugada, fueron desalojadas de forma brutal por la policía, lo que encendió los ánimos de miles de activistas que acudieron a “recuperar el control de la plaza”. Se iniciaban así varios días de batalla campal en el centro de El Cairo, que se saldarían con 43 víctimas mortales y más de 2.500 heridos.</p>
<p>Contrariamente al extendido estereotipo que describe al revolucionario como un joven culto de clase media, la realidad es que en Tahrir había una presencia importante de chavales de barrios populares, como Imbaba. De hecho, ellos eran los más intrépidos entre los rebeldes, pues osaban dirigirse a los aledaños del ministerio del Interior, convertidos en el principal frente de batalla. “Es mejor que me juegue yo la vida que lo hagan los chicos de clase alta. Ellos no pueden morir, son los que deberán construir un país mejor el día de la victoria”, confesó en plena batalla un adolescente que vestía unas zapatillas viejas y unos tejanos raídos.</p>
<p><strong>El papel de los islamistas</strong></p>
<p>Buena parte del éxito de la manifestación del 18 de noviembre se debió a la participación de los Hermanos Musulmanes, que realizaron una demostración de fuerza al movilizar a miles de sus seguidores, algunos incluso venidos en autobús desde diversos puntos del país. Su decisión de secundar la protesta representó un cambio súbito en su estrategia, después de haber contemporizado con la Junta Militar en los meses anteriores. Envalentonados por la victoria de sus correligionarios de Ennahda en Túnez, y convencidos de la capacidad de repetir su hito en Egipto, el movimiento islamista no aceptó verse relegado por el polémico documento a un papel secundario a la hora de fijar las reglas de juego del nuevo sistema político.</p>
<p>Sin embargo, una vez empezaron los disturbios, los Hermanos Musulmanes se abstuvieron de apoyar públicamente a los jóvenes que luchaban en la calle contra las fuerzas del orden. Repetían así su actuación durante la primera ola revolucionaria. Si bien la mayoría de jóvenes que batalló contra el ejército hasta hacerse con el control de Tahrir eran laicos, algunos de ellos eran salafistas, una de las corrientes más conservadoras del islam. De hecho, el presidenciable salafista, Hazem Abu Ismail, fue uno de los primeros que salió públicamente en defensa de los activistas y censuró duramente la actuación de las fuerzas de seguridad.</p>
<p>La posición oficial de los Hermanos Musulmanes, expresada después de varios días de enfrentamientos, fue una crítica a la violencia excesiva utilizada por las autoridades, pero sin instar a sus seguidores a participar en las marchas de repulsa organizadas por las asociaciones de jóvenes y partidos afines. Además, la organización insistía en la importancia de mantener el calendario electoral previsto, que fijaba la primera ronda de las elecciones legislativas para el 28 de noviembre.</p>
<p>Esta actitud le valió acusaciones de oportunismo por parte de activistas y partidos políticos al considerar que los islamistas querían evitar a toda costa una escalada de los enfrentamientos que pudiera llevar al aplazamiento de su ansiada victoria en las legislativas. En un comunicado público, los Hermanos Musulmanes, que en las elecciones están representados por su brazo político, el Partido Libertad y Justicia, negaron que su postura respondiera a cálculos electorales, y la justificaron argumentando que una suspensión de los comicios sería negativa para el país, ya que prolongaría el periodo de gobierno de la Junta Militar, y podría provocar el caos.</p>
<p>Por su parte, la mayoría de partidos laicos ofreció su apoyo a los activistas de Tahrir, pero solo después de las primeras 72 horas de altercados. Al igual que en enero, el estallido revolucionario pareció coger a los partidos políticos con el paso cambiado. Fueron nuevamente los jóvenes activistas quienes tomaron la iniciativa política en el pulso contra la Junta Militar y los partidos se limitaron a seguirles a remolque. De ahí que la mayoría de manifestantes insista en definirse como independiente, y muestre una actitud crítica hacia los partidos políticos en general. Si alguien les representa son decenas de organizaciones sociales, como el Movimiento 6 de Abril, la más conocida a nivel internacional.</p>
<p><strong>Elecciones y perspectivas de futuro</strong></p>
<p>A pesar de los estallidos de violencia que la precedieron, la primera de las tres rondas para elegir la nueva Asamblea Popular se desarrolló sin graves incidentes. En total, ejercieron su derecho a voto los ciudadanos de nueve de las 27 provincias del país, que incluían las ciudades más importantes del país, Alejandría y El Cairo.</p>
<p>Según los datos oficiales, la participación fue del 52%, muy superior a la de los comicios organizados bajo el régimen de Mubarak. En teoría, en Egipto el voto es obligatorio, y no ejercerlo supone una multa de 500 libras (unos 60 euros), si bien raramente se aplican las sanciones. Aunque numerosos votantes de los barrios populares señalaron esta razón como su principal motivación para acudir a las urnas, la mayoría de analistas considera un éxito el nivel de participación.</p>
<p>Durante los dos días de votación, se registraron numerosas irregularidades, aunque no fueron de gran importancia. Entre las más comunes, la apertura con retraso de numerosos colegios electorales, y la violación de la norma que prohíbe entregar propaganda electoral a partir de las 48 horas previas al inicio de los comicios. En general, la percepción tanto entre la ciudadanía como los pocos observadores internacionales presentes fue que los comicios habían sido limpios. Así pues, por primera vez desde la revolución de 1952, Egipto contará con un poder legislativo legítimo a ojos de la mayoría de la población.</p>
<p>Sin embargo, cabe destacar que la campaña electoral se celebró en un clima de excepcionalidad que pudo condicionar sus resultados. Durante los 10 días previos a los comicios, la atención de los medios se centró en el pulso que libraban las fuerzas del orden y los jóvenes revolucionarios. En señal de respeto a las víctimas, numerosos partidos cancelaron sus actos de campaña. Esta situación impidió que los partidos políticos contaran con el tiempo y el espacio necesario para presentar sus programas, algo especialmente necesario si tenemos en cuenta que la mayoría de los 47 partidos que concurren a las elecciones se crearon durante los últimos meses.</p>
<p>Sin duda, la ausencia real de campaña favoreció al partido que cuenta con una mejor organización y una identidad más conocida: los Hermanos Musulmanes. El movimiento islamista realizó toda una demostración de fuerza en la primera ronda, ya que fue el único con una presencia notable en todos los colegios electorales. Ante la desorganización de las autoridades, una de las principales tareas de los 40.000 voluntarios del movimiento desplegados por las nueve provincias, fue informar al elector de cual era su colegio electoral. Un nuevo ejemplo de la capacidad de proveer servicios por parte de un movimiento islamista ante la dejación del Estado de sus responsabilidades.</p>
<p>Si bien no existen resultados oficiales, la prensa local ha filtrado datos sobre recuentos parciales que otorgan al islamismo una victoria aplastante. Entre los Hermanos Musulmanes, con diferencia la fuerza más votada, y la coalición salafista Al Nur podrían recabar entre el 60% y el 70% de los escaños en juego. Así pues, y teniendo en cuenta que las provincias aún por votar tienen un perfil incluso más conservador, todos los pronósticos apuntan a un nuevo Parlamento controlado por partidos islamistas.</p>
<p>Tal como pretendía la Junta Militar, el inicio de unas maratonianas legislativas –la elección de la Cámara Baja se prolongará hasta el 10 de enero, y la de la Cámara Alta hasta el 11 de enero–, parece haber relajado la presión que sufría por parte de Tahrir, cada día ocupada por menos activistas. Probablemente, el centro de contestación al poder de la autoridad militar se desplazará pronto al Parlamento electo, ya que la hoja de ruta de la cúpula castrense le otorga unos poderes muy limitados que difícilmente aceptarán la mayoría de diputados.</p>
<p>La crisis generada por la segunda ola revolucionaria provocó la dimisión del gobierno presidido por Essam Sharaf, y al exprimer ministro Kamal Ganzuri le fue asignada la tarea de formar un nuevo ejecutivo. Su nombramiento fue rechazado por todas las fuerzas políticas de la oposición y por los grupos de jóvenes revolucionarios que piden la creación de un gobierno de “salvación nacional” que asuma los poderes de la Junta Militar. No obstante, la cúpula castrense no planea entregar el poder a una autoridad civil hasta julio, después de la celebración de las elecciones presidenciales.</p>
<p>El lento tránsito de la legitimidad popular desde la plaza Tahrir al futuro Parlamento, sumado al enrocamiento de la Junta Militar, abre un periodo de gran incertidumbre sobre el camino que seguirá la transición egipcia durante los próximos meses. En buena parte, dependerá del grado de presión a la cúpula castrense que escojan aplicar los Hermanos Musulmanes. Después de más de seis décadas de persecución, su probable victoria electoral les sitúa frente a la mayor cuota de poder nunca obtenida. Y, con ella, también ante una gran responsabilidad.</p>
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		<title>La religión en la era posrevolucionaria</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 16:44:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Articulos]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuanto más se abra la esfera pública a los islamistas, menos se resistirán al cambio. La amenaza no viene de la religión, sino de los que quieren reproducir las estructuras autoritarias. Las revueltas sin precedentes que han tenido lugar en Oriente Próximo, en la llamada Primavera Árabe, constituyen un hito en la historia moderna árabe. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Cuanto más se abra la esfera pública a los islamistas, menos se resistirán al cambio. La amenaza no viene de la religión, sino de los que quieren reproducir las estructuras autoritarias.</strong></p>
<p>Las revueltas sin precedentes que han tenido lugar en Oriente Próximo, en la llamada Primavera Árabe, constituyen un hito en la historia moderna árabe. Tras décadas de estancamiento y degradación, los jóvenes árabes han liberado a sus países de los regímenes autoritarios y autocráticos que llevaban largo tiempo en el poder. Sin embargo, la Primavera Árabe ha dado pie a un encarnizado debate sobre el papel de la religión en la esfera pública árabe. En Egipto, así como en Túnez, el debate público ha girado en torno a dos cuestiones principales. La primera es la relación que debería establecerse entre religión y política en los nuevos sistemas políticos y hasta qué punto las sociedades árabes pueden adoptar el secularismo o el laicismo. La segunda es el papel de los movimientos islamistas en la remodelación de la política y la construcción de nuevos contextos políticos en la era posterior al autoritarismo.</p>
<p>No es de extrañar que muchos liberales y laicistas árabes hayan sacado a relucir sus preocupaciones y reservas heredadas respecto al resurgimiento de los movimientos islamistas. Sin embargo, desde la caída de los regímenes autocráticos en Túnez, Egipto y Libia, los liberales y los laicistas no han hecho nada para convencer a la opinión pública de su programa. De forma alarmante, algunos de ellos defienden no solo la exclusión de los islamistas de la escena política sino, lo que resulta más irónico, suspender la transición democrática para impedir que los islamistas lleguen al poder.</p>
<p>Este artículo sostiene que la religión –utilizada como una fuente normativa de valores y de identidad más que como un texto sagrado– desempeñará una función esencial en la transición democrática en el mundo árabe. Y no solo por la influencia en el contexto posrevolucionario de los actores islamistas, que poseen redes importantes arraigadas en la mayoría de las sociedades árabes, sino, lo que es más importante, por el aumento de la demanda de valores, expresiones y principios morales islámicos en la esfera pública árabe. Sin embargo, esto no implica, como muchos podrían deducir, que ese papel vaya a socavar la transición democrática o a truncar sus resultados. Al contrario, cualquier intento de marginar o excluir la religión de la esfera pública no solo fracasará, sino que también obstaculizará la transición.</p>
<p><strong>Religión y revolución, una relación polémica</strong></p>
<p>Hasta qué punto puede influir la religión en las revoluciones y de qué manera? A primera vista, la historia de la lucha por la libertad puede interpretarse como el conflicto entre dos fuerzas opuestas que luchan por remodelar y dominar la esfera pública. Se produce entre los que aspiran a conservar el poder e influencia y los que desafían esta tendencia y ambición hegemónicas para liberar a la sociedad del Estado. Desde la revolución francesa en el siglo XVIII hasta la iraní en el siglo XX, los conflictos políticos y sociales han girado en torno a quién debe dominar al otro, el Estado o la religión. Como señalan Hammond y Machacek, las religiones y los Estados no son solo ideas, sino conjuntos de roles desempeñados por gente. Huelga decir que estos roles son antagónicos y se disputan la esfera pública. Por tanto, las revoluciones ponen de manifiesto la volátil relación entre Estado y religión. Cuanto más domina el Estado la esfera pública, menos prospera la religión y más profundo es el enfrentamiento.</p>
<p>¿Pero qué pasa con la Primavera Árabe, desempeña la religión algún papel?  En contra de las crónicas que restan importancia al papel de la religión en las revueltas árabes, yo mantengo que este ha sido importante y, en algunos casos, crucial para el éxito de las revueltas. Sin embargo, este papel ha adoptado diferentes formas y expresiones. Por ejemplo, en las primeras fases de las revueltas, las mezquitas fueron el principal entorno para movilizar a los manifestantes, impulsar acciones colectivas e instigar las protestas. Dado que los regímenes árabes habían cerrado todas las ventanas políticas y reducido la esfera pública, las mezquitas eran el único recurso que tenía la gente para reunirse y manifestarse en favor de la libertad. Es cierto que durante décadas los autócratas árabes han intentado controlar las mezquitas para impedir que los islamistas las utilicen para reclutar a miembros y diseminar su ideología. Sin embargo, la Primavera Árabe ha revitalizado las mezquitas y les ha asignado un papel crucial para proteger a muchos manifestantes. Y lo que es más importante, en la plaza Tahrir (Egipto), en Saná (Yemen) y en Dará (Siria), las mezquitas han constituido una zona de amortiguación entre los manifestantes y las brutales fuerzas de seguridad.</p>
<p>Otra expresión de la religión la encontramos en el papel de las oraciones de los viernes a la hora de instigar las protestas. Una vez más, las mezquitas fueron el epicentro de la Primavera Árabe. Debido al represivo aparato de seguridad de los Estados árabes, era extremadamente difícil que miles de manifestantes se reunieran y se manifestaran contra las autoridades sin poner en peligro sus vidas. Sin embargo, durante las oraciones de los viernes era posible movilizar a muchos manifestantes y dar pie a una acción colectiva espontánea. No es de extrañar que los jóvenes activistas hayan utilizado hábilmente las oraciones de los viernes para movilizar a muchos individuos corrientes y apolíticos e instarles a gritar contra los regímenes autoritarios. No es casualidad que las marchas “del millón de personas” en muchas ciudades árabes tuvieran tener lugar los viernes. Estas multitudes desencantadas pueden ser consideradas por los durkheimianos como una forma de “efervescencia colectiva”, en la que la religión se considera una fuerza sobrenatural que dirige a las masas que aplauden su resurgimiento, pero para los manifestantes no era más que una acción colectiva racional y astuta.</p>
<p>Sin embargo, la manifestación más visible de la religión en la Primavera Árabe ha sido la función, positiva o negativa,  que han desempeñado los eruditos y las instituciones religiosas. Desde el principio, muchos eruditos destacados (ulemas) han apoyado las revueltas árabes. Por ejemplo, el jeque Yusif Al Qaradawi, de Doha, respaldó las revueltas en Túnez, Egipto y Libia, y sigue apoyándolas en Yemen y Siria. De manera similar, la institución Al Azhar, el centro islámico más antiguo del mundo musulmán y guía del islam moderado, dio su apoyo a los manifestantes e instó a los autócratas a que dejaran de matarlos. Es verdad que el Gran Jeque y rector de Al Azhar al principio no respaldó la revolución egipcia, pero una vez que Hosni Mubarak fue derrocado, adoptó una retórica progresista y de apoyo a la Primavera Árabe.</p>
<p><strong>Islam contra laicismo, un debate irrelevante</strong></p>
<p>El largo debate entre islam y laicismo no es solo engañoso, sino también irrelevante, en especial en el contexto actual. Y no por culpa del declive del laicismo y la secularización en todo el mundo, sino también por el estrepitoso fracaso del modelo occidental de modernización que se ha tratado de imponer a otras culturas y sociedades, independientemente de las diferencias. No obstante, la Primavera Árabe ha revivido el antiguo debate entre islam y democracia, y entre islam y laicismo. A lo largo de los últimos meses, la principal cuestión en Egipto, y también en Túnez, era la identidad que asumiría el país con el nuevo sistema político. Mientras que los liberales y los laicistas defendían un Estado laico puro, los islamistas han abogado por dar un carácter conservador al Estado para poder determinar los códigos morales y éticos de la sociedad.</p>
<p>Lo que es más importante, el peso cada vez mayor de la cuestión de la identidad en el espacio público sitúa en primer plano la problemática de la relación entre religión y sociedad, y entre religión y Estado, en el mundo árabe. Sin detenerme demasiado en los antecedentes históricos de esta cuestión, doy por sentado que los antiguos regímenes de Túnez y Egipto deben ser considerados responsables de sabotear esta relación. Por ejemplo, con Mubarak y Zine el Abidine ben Ali, estaba prohibido hablar de si la sociedad podía ser independiente del Estado y de cuál debía ser el papel de la religión en la esfera pública, la cual estaba sometida a una dura censura. Por consiguiente, tras la caída de estos regímenes, estas cuestiones han salido a relucir y seguirán constituyendo una especie de termómetro para evaluar la relación entre las tendencias islamista y liberal/laicista en el próximo periodo.</p>
<p>Sin duda, el encarnizado debate entre islamistas y laicistas en la esfera pública despierta preocupaciones sobre el futuro de la Primavera Árabe. Sin embargo, es un reflejo de la eterna crisis de identidad en el mundo árabe, sobre todo entre las generaciones de jóvenes. Es más, revela hasta qué punto están dispuestos ambos bandos a construir un consenso en el contexto posautocrático. Sin embargo, a mi modo de ver, este debate, más que indicar las diferencias ideológicas entre islamistas y laicistas, refleja la habilidad política de unos y otros. En otras palabras, refleja el incipiente conflicto social en la era posterior al autoritarismo. Vale la pena mencionar que los liberales y los laicistas proceden en su mayoría de las clases altas y medias altas de la sociedad y que desempeñaron un papel esencial a la hora de poner la revolución egipcia en marcha. Los islamistas, por otro lado, representan a la clase media baja, y algunos de ellos participaron en la revolución desde su inicio. Es más, como nueva parte interesada, los islamistas emplean la cuestión de la identidad para ganar adeptos y manipular la opinión pública. Por otro lado, los liberales y los laicistas intentan utilizar la misma cuestión para aumentar su atractivo y ganarse el apoyo del exterior. La identidad en este caso va más allá del estrecho marco organizativo e invade el espacio cultural.</p>
<p><strong>Panorama confuso</strong></p>
<p>Para muchos analistas occidentales, y también árabes, han sido los jóvenes los que han desatado la Primavera Árabe. Sin embargo, no se puede dar por sentado que estos jóvenes activistas eran todos  liberales y laicistas. Es verdad que la mayoría de los manifestantes en las calles árabes no han adoptado ninguna ideología religiosa ni defendido la creación de un Estado islámico, pero tampoco han exigido un Estado laico.</p>
<p>Otra idea engañosa sobre la Primavera Árabe es la tendencia a infravalorar el papel de los islamistas. Es un hecho conocido que los islamistas no participaron, o al menos no animaron las protestas contra Ben Ali y Mubarak. Sin embargo, un análisis más minucioso revela lo contrario. Por ejemplo, en Egipto, muchas de las corrientes islamistas estaban presentes en la plaza Tahrir, tímidamente al principio y luego con todas sus fuerzas. Una vez que los islamistas (que suelen ser el chivo expiatorio de los regímenes despóticos) se dieron cuenta de que lo que estaba pasando era más que una manifestación, instaron a los suyos a unirse a la batalla.</p>
<p>Los islamistas se decantaron sabiamente por mantenerse en un segundo plano durante las revoluciones árabes. Sin embargo, esto se debió a razones principalmente tácticas. La primera era atenuar la fobia occidental hacia las revueltas islamistas. Habían aprendido la lección argelina de principios de la década de los noventa, cuando el régimen abortó la victoria electoral de los islamistas y ejerció una represión brutal sin que hubiera una respuesta de Occidente, que no hizo nada para detener ese golpe de Estado. La segunda era evitar la represión del régimen. Los islamistas en Túnez y Egipto estaban seguros de que cualquier participación en las manifestaciones podría dar lugar a una auténtica masacre. Por consiguiente, evitaron deliberadamente todos los eslóganes religiosos y los gritos a favor de un Estado islámico. Y, por último, era clave para el éxito de la Primavera Árabe que los islamistas se sentaran en el asiento de atrás de las revueltas hasta que los regímenes autocráticos fueran derrocados.</p>
<p>Lo que es más importante, la participación en las revoluciones árabes no se limitó a una facción islamista. En Egipto, por ejemplo, la plaza Tahrir estaba llena de miembros de los Hermanos Musulmanes, antiguos yihadistas, salafistas e islamistas independientes. En Túnez, la base popular del movimiento Ennahda participó en la revolución. En Libia, Abdel Hakim Belhaj, un antiguo yihadista y fundador del Grupo Islámico Combatiente Libio, lideró el asalto final contra Trípoli, lo cual no deja de ser irónico. En Yemen y Siria, los Hermanos Musulmanes desempeñan un papel crucial en las protestas contra los regímenes de Alí Abdulá Saleh y Bashar al Assad, respectivamente. Es más, en Egipto, así como en Túnez y Libia, los jóvenes revolucionarios han alabado a los islamistas por salvaguardar las revoluciones árabes en épocas difíciles, cuando los regímenes autocráticos se aferraban con todas sus fuerzas al poder.</p>
<p><strong>El mito de la ‘Primavera islamista’</strong></p>
<p>A pesar de la euforia de la Primavera Árabe, muchos académicos y analistas han manifestado su nerviosismo y preocupación por la posible reaparición de los islamistas en el mundo árabe. Su avance en Túnez y Egipto ha reforzado la famosa idea de la “Primavera Islamista”. Irónicamente, los políticos occidentales no comparten este sentimiento, probablemente porque tienen que aceptar la nueva realidad que se impone en la región. Sin embargo, el razonamiento de aquellos a los que les preocupa el resurgimiento de los islamistas parece infundado, si no irrelevante. Invoca al viejo “coco” islamista, que ha sido creado y adoptado por los dictadores derrocados, Ben Ali, Mubarak y Gadafi.</p>
<p>Es verdad que los islamistas, por motivos históricos y de organización, son la fuerza más coordinada y politizada en el mundo árabe, pero esto no hace que su ascenso sea inevitable. A diferencia de aquellos que percibieron la victoria del partido Ennahda en Túnez como una amenaza islámica, creo que estuvo por debajo de las expectativas. Es cierto que Ennahda obtuvo aproximadamente el 40% de los escaños de la Asamblea Constituyente pero, dadas sus altas expectativas antes de las elecciones, esta victoria parece modesta, si no decepcionante. Sin embargo, la otra cara de este triunfo es que aproximadamente un 60% de los tunecinos no están con Ennahda, o están contra. Es más, su reaparición eclipsó los otros aspectos de la exitosa transición tunecina, que puede considerarse única y fuera de lo común en el mundo árabe.</p>
<p>Además, este mito del auge de los islamistas desluce los cambios masivos que están teniendo lugar dentro de los movimientos islamistas en el mundo árabe. Por ejemplo, los islamistas en Egipto no son por ahora monolíticos, sino que, al contrario, están divididos, fragmentados, y hasta cierto punto enemistados. La fase posterior a la revolución del 25 enero desencadenó una especie de “explosión” en la escena islamista egipcia. La participación política se ha convertido ahora en el camino preferido para la mayoría de los miembros de los grupos y tendencias islamistas, incluidos aquellos que anteriormente rechazaban y, tal vez, condenaban la participación política y la actividad de los partidos políticos por razones religiosas e ideológicas.</p>
<p>Por otro lado, muchos salafistas y antiguos yihadistas consideran que la participación democrática es la mejor vía para promover sus proyectos religiosos y políticos y para obtener legitimidad en la esfera pública. Mientras tanto, por primera vez en su historia, los Hermanos Musulmanes han fundado un partido político. A pesar de las muchas reservas que se han manifestado con respecto a la falta de transparencia que rodeó la creación del Partido Libertad y Justicia, sigue siendo un paso decisivo para integrar a los Hermanos Musulmanes en la vida política. Los salafistas, a su vez, han fundado tres nuevos partidos hasta el momento: Al Nour (Luz), Al Asala (Autenticidad) y Al Fadila (Virtud). Y hay muchas probabilidades de que haya nuevos partidos salafistas, sobre todo teniendo en cuenta la considerable fluidez que caracteriza esta tendencia en la actualidad. Pero puede que lo que más sorprendente sea el movimiento antiguamente yihadista (Al Yamaa Al Islamiya y la Yihad egipcia), cuyos líderes también se inclinan ahora por participar en la política bajo la égida de un partido político.</p>
<p>¿Qué significa todo esto? Significa que los islamistas, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre su poder e influencia, están listos para el cambio, y van a cambiar. Sin embargo, la característica más llamativa de este cambio es el estallido de dinamismo y conflictos internos después de décadas de estancamiento organizativo y generacional. Es como si la revolución hubiera reventado una especie de dique, y desencadenado nuevas energías revitalizadoras que tratan de reestructurar y reordenar los movimientos y que pueden aflorar en forma de disputas y divisiones. Por ejemplo, los Hermanos Musulmanes, el movimiento islamista más antiguo del mundo árabe, ha presenciado divisiones históricas entre las generaciones más viejas y las más jóvenes. Hasta el momento, cuatro partidos han surgido del grupo de más edad y muchos líderes veteranos han abandonado el movimiento en protesta por su política.</p>
<p><strong>Conclusión</strong></p>
<p>La maravillosa Primavera Árabe ha puesto de manifiesto lo dinámicas que son las sociedades árabes. Ha mostrado la capacidad de los jóvenes árabes para construir una nueva esfera pública propia que refleje sus ideas y aspiraciones. En mi opinión, la cuestión no es el papel y el espacio que pueda tener la religión en esta incipiente esfera, sino más bien el impacto que tendrá sobre la religión el que esta esfera se emancipe del Estado. En este artículo he sostenido que la religión –insisto, las dimensiones culturales y simbólicas de la religión– ha desempeñado un papel vital en las revueltas árabes. Sin embargo, este papel no ha sido rígido ni estático. A pesar de la aparición del islamismo en los momentos posteriores a las revueltas, estaba claro que los movimientos islamistas se inclinaban por el cambio. Cuanto más se abra esta esfera para incluir a los islamistas, menos se resistirán al cambio y menos retrógrados se mostrarán. Por último, creo que la amenaza para las incipientes democracias árabes no provendrá de la religión, ni del islamismo, sino más bien de aquellos que luchan por reproducir las viejas estructuras autoritarias y de ese modo poner fin a la Primavera Árabe.</p>
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		<title>¿Qué tenemos que aprender sobre el proceso de desarrollo turco?</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 16:15:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Turquía es para la región MENA una gran fuente de inspiración para el desarrollo, más que un modelo absoluto e inmutable. La diversificación es un rasgo evidente de la transformación económica turca. Tiene tres aspectos: tecnología, geografía y mercados. Es necesaria una segunda oleada de reformas de la administración pública, el sistema fiscal, judicial, educativo, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Turquía es para la región MENA una gran fuente de inspiración para el desarrollo, más que un modelo absoluto e inmutable.</em></p>
<p><em>La diversificación es un rasgo evidente de la transformación económica turca. Tiene tres aspectos: tecnología, geografía y mercados.</em></p>
<p><em>Es necesaria una segunda oleada de reformas de la administración pública, el sistema fiscal, judicial, educativo, el mercado laboral y la sanidad.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Turquía ha aumentado su influencia económica y política en la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA, según sus siglas en inglés). En este sentido ¿hasta qué punto puede ser útil como modelo para la transformación económica de la región MENA? Su experiencia refleja que hay algo que no se puede pasar por alto: más importante que la integración en la economía mundial es la forma de integrarse. Teniendo en cuenta esto, Turquía es un buen modelo para los países MENA, con algunas advertencias que deben ser consideradas.</p>
<p>El año 2011 ha estado cargado de acontecimientos para Turquía y sus vecinos. Los levantamientos populares en Túnez, Egipto, Siria y otros países árabes han fracturado los antiguos regímenes en el poder durante décadas y ahora existen oportunidades para crear más y mejores Estados democráticos.</p>
<p>Política y económicamente Turquía tiene todavía una influencia fuerte. Los cambios en su relación con los países MENA no solo están confinados a la política: ha habido un incremento sustancial de sus relaciones comerciales. La participación de los países MENA  en las exportaciones turcas ha aumentado desde el 13% en 2000 hasta el 27% en 2011. Turquía no solo es un importante compañero comercial para la región MENA, sino que es también, junto con Israel, una de las dos potencias industriales en la región. Es interesante observar que las relaciones comerciales entre Turquía e Israel no han sido dañadas por los recientes contratiempos políticos. Incluso, después del  traumático incidente Mavi Marmara, el comercio bilateral entre Israel y Turquía aumentó un 30%. Parece que en países donde el sector privado es el motor de la economía, las relaciones de negocio no están supeditadas a los cambios políticos.</p>
<p><strong>¿Cómo es el modelo económico turco?</strong></p>
<p>Una mirada a los últimos 30 años puede darnos la respuesta. La transformación económica de Turquía empezó en los años ochenta, con las reformas de su presidente, Turgut Özal: la liberalización comercial, la reforma financiera, de precios y la convertibilidad de divisas permitieron a Turquía integrarse efectivamente en la economía global y convertirse en una potencia industrial en la región.</p>
<p>Esta es una importante diferencia entre las economías de Turquía y los países MENA: muchos están de alguna manera aislados del sistema económico global, lo que les imposibilita beneficiarse de las redes económicas, sociales y políticas globales. La primera oleada de reformas en Turquía, concluida en 2001 con la privatización, la disciplina fiscal y monetaria, la política bancaria prudente, la independencia de las autoridades reguladoras económicas, dio sus frutos en forma de tasas de crecimiento acelerado, diversificación de mercados, urbanización, desarrollo regional y mejoras tecnológicas. Estos son los aspectos fundamentales de la transformación económica que los países MENA deberían llevar a cabo.</p>
<p>En 1980, Turquía y los países MENA llegaban tan solo al 23% del PIB de Estados Unidos. En 2010, Turquía, ha reducido la diferencia y ha alcanzado el 30% del PIB americano. Sin embargo, los países MENA han retrocedido: solo tienen el 18% del PIB de EE UU. El esfuerzo de Turquía por la liberalización ha sido amortizado con la industrialización del país: mientras que en 1980 la exportación de manufacturas suponía tan solo el 27% del total, en 2010 era el 82%. En Egipto, por ejemplo, estas exportaciones se redujeron del 28% al 23%.</p>
<p>Los datos sobre educación son también interesantes. La tasa de matriculación en educación superior en Turquía pasó del 6% en 1980 al 38% en 2010. Sin embargo Egipto, con un mayor índice de matriculación que Turquía en 1980, pasó del 11% a tan solo el 28%, mientras que Túnez y Argelia pasaron de un 3% a un 34% y 31% respectivamente. La primera oleada de reformas explica, en mi opinión, la diferencia producida en las tres últimas décadas.</p>
<p>La diversificación es un rasgo evidente de la transformación económica turca. Esta diversificación tiene tres aspectos: tecnología, geografía y mercados. Todos estos factores tienen también un efecto significativo en la transformación social de Turquía.</p>
<p>En primer lugar, Turquía ha logrado modernizar en los últimos 15 años su producción tecnológica y hacerla pasar de nivel bajo a medio. En 1996, la producción de tecnología media apenas excedía el 20% mientras que la baja superaba el 55%. En 2009, tanto la producción de baja tecnología como media ocupaban un 40% de la producción total. Este desarrollo llevó a la sofisticación de las exportaciones que se tradujo en mayores beneficios y mayor nivel de vida. El siguiente desafío será mejorar su producción de alta tecnología : para ello necesitará mejorar  la transferencia de tecnología, la regulación de patentes y el desarrollo de I+D.</p>
<p>En segundo lugar, el país ha experimentado una visible diversificación geográfica de su producción industrial. El abanico de capacidades de muchas provincias de Anatolia ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. En 2009, 24 ciudades ya habían logrado crear cinco o más empresas que formaban parte de las primeras 1.000 empresas industriales de Turquía, repartidas por todo el país a excepción de la zona este. Ya son una realidad los centros urbanos en Anatolia. Hace 50 años, tan solo el 30% de la población vivía en zonas urbanas pero tras la migración posterior a 1960, esta cifra se incrementó hasta el 75% actual. El reto es lograr que el este de Turquía cree empresas que puedan entrar entre las 1.000 principales.</p>
<p>En tercer lugar, Turquía ha experimentado un profundo cambio en materia de exportación respecto de sus socios comerciales a lo largo de  los últimos 15 años. La participación comercial con Europa, su socio principal, ha ido bajando desde 2007, sobre todo por la crisis. Sin embargo, el incremento en la participación comercial con Oriente Medio y África bajó el nivel de sofisticación de sus exportaciones. Aunque la diversificación de mercado, puede considerarse como un desarrollo deseable, el hecho de enfocarse a los mercados occidentales donde la demanda de productos de alto coste es mayor, es esencial para una modernización tecnológica.</p>
<p>El principal catalizador de la transformación económica turca ha sido la mejora en la conectividad. Las diferencias  regionales se vieron reducidas con la construcción de vías rápidas, incrementándose  el número de empresas en zonas regionales, que pasaron a pertenecer a esas 1.000 primeras empresas de Turquía. El uso de internet, que revolucionó el flujo de información en los negocios, mejoró en poco tiempo. El acceso a internet de los hogares se incrementó de un 20% en 2007 a un 43% en 2010. La reducción en costes de información, comunicación y transporte facilitaron el comercio, la transferencia de tecnología y, finalmente, el desarrollo económico.</p>
<p><strong>Avanzar en las reformas</strong></p>
<p>A pesar de todo, a la hora de debatir sobre si seguir o no el modelo turco, los países MENA deben considerar algunas salvedades: aunque Turquía ha dado los pasos económicos necesarios durante los últimos 30 años, el proceso aún no ha terminado. Turquía representa un buen modelo para los países MENA listos para el cambio gracias a  las impresionantes estadísticas económicas y a las similitudes culturales y religiosas, pero se necesita una segunda oleada de reformas para consolidar la primera y avanzar hasta el siguiente nivel.</p>
<p>¿Cuáles son estas reformas de segunda generación? Si en la primera oleada se cambió el modo de interacción pasando de las directivas gubernamentales a las reglas de mercado, esta segunda tanda de reformas está más relacionada con los problemas estructurales que impiden un fuerte crecimiento en el país. Turquía ofrece un buen modelo para las reformas de primera generación, prerrequisito para emprender las de segunda generación. Estas reformas deben dar prioridad al impulso de las inversiones y el buen clima empresarial, la administración pública, el sistema fiscal, judicial, educativo, el mercado laboral y la sanidad. Un ejemplo: en el último informe de la Corporación Financiera Internacional (CFI), Turquía ocupa el puesto 65 en cuanto a lugar para hacer negocios, pero en otras áreas ocupa un puesto mucho más bajo, como en el de permisos de construcción (137 de 183 países), cierre de empresas (115) o pago de impuestos (75). Estas cuestiones están directamente relacionadas con la administración pública. Los problemas de funcionamiento dentro del sistema legal son otro factor que condiciona muy negativamente el clima empresarial. En Turquía, los casos judiciales simples pueden tardar varios años en resolverse. De igual manera, el sistema educativo necesita ser reformado si se quiere aumentar la disponibilidad de mano de obra. El criterio a seguir no debe ser simplemente aumentar el número de colegios o de aulas disponibles. En lugar de eso, habría que centrarse en la formación profesional.</p>
<p>Si se emprenden las postergadas reformas, Turquía se acercará poco a poco a las economías que la han inspirado como EE UU o Corea del Sur. En 1980, Egipto, Turquía y Corea del Sur tenían casi el mismo nivel de ingresos, pero mientras Turquía tiene un 30% del nivel de ingresos per cápita de EE UU, Corea del Sur tiene más del 60%.</p>
<p>Turquía ha terminado con éxito su proceso de integración en la economía global. Ahora es el turno de la región MENA. Sin embargo, hay algo que no se debe pasar por alto: más importante que la integración en la economía mundial es la forma de integrarse. Turquía tiene por delante un proceso más interesante y difícil. Tal y como sucedió con Corea en las tres últimas décadas, ha llegado el momento de su modernización. Una mayor sofisticación, producción de alta tecnología y una población más cualificada impulsarán al país en la escala de la economía mundial. Turquía es para la región MENA una gran fuente de inspiración para el desarrollo más que un modelo absoluto e inmutable. Las circunstancias mundiales en permanente cambio y la naturaleza única de cada país deben hacer que la región tome ejemplo del proceso de desarrollo turco y lo adapte a sus propias condiciones.</p>
<p>No obstante, el experimento turco, aún sin terminar, nos puede seguir sorprendiendo con la segunda oleada de reformas.</p>
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		<title>Tres victorias islamistas, ¿y después?</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 16:02:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ggonzalez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Al cierre de este número se cumple un año desde aquel 17 de diciembre de 2010, día cero de la revolución, en que con su sacrificio el tunecino Mohamed Buazizi iniciaba una era de cambio en el mundo árabe. En este año han caído tres dictadores en Túnez, Egipto y Libia; Osama bin Laden ha sido borrado del mapa y Estados Unidos ha anunciado la retirada de sus tropas de Irak y de Afganistán. Tres acontecimientos que han trastocado el esquema de las relaciones internacionales dominante desde septiembre de 2001.</p>
<p>Además, en los últimos tres meses los tres países revolucionados han iniciado sus procesos de transición con mayor o menor calma social, y los tunecinos y egipcios han disfrutado de su nueva libertad acudiendo masivamente a las urnas en unas elecciones que, aun con posibles fallos, representan sin duda las más transparentes que se han celebrado jamás. Sin olvidar los comicios de Marruecos, fruto de la reforma constitucional aprobada en referéndum, que han sido limpios según todos los observadores internacionales, pero que no han registrado una participación elevada aunque fuera la más alta desde la llegada al trono de Mohamed VI.</p>
<p>Tres meses y tres victorias islamistas, la de Ennahda en Túnez, del Partido Justicia y Desarrollo en Marruecos y la parcial de los Hermanos Musulmanes en Egipto, pues queda por ver qué resultados obtendrán en las siguientes fases del proceso electoral en curso. Victorias inevitables tras décadas de represión y oposición, de labrar el terreno social e ideológico, de colmar pacientemente los vacíos que los regímenes autoritarios fueron acumulando en la marginalidad, la exclusión, la injusticia y la indignidad.</p>
<p>Ahora llega el turno de los islamistas, una ventana de oportunidad para algunos y un peaje indispensable del pluralismo para otros. Está claro que tendrán que lidiar con la inexperiencia, con el desgaste de la política y adentrarse en la cultura del consenso y de la negociación, puesto que aunque sean los ganadores necesitarán la complicidad del resto de fuerzas políticas y, si son audaces, buscarán aliados para no enfrentarse en solitario a los múltiples retos que les esperan. Los restos del dogmatismo tendrán que transformarse en pragmatismo.</p>
<p>Tienen por delante una ardua misión: construir un nuevo marco político, redactar nuevas constituciones, reformar unas instituciones sin respaldo popular, desgastadas por décadas de despotismo y sentar los pilares de unas sociedades cuyas expectativas están muy por encima de los logros posibles a corto o medio plazo.</p>
<p>El potencial de decepción es elevado e incluso peligroso para la estabilidad de la región. Los nuevos gobernantes deberán dar respuesta a las demandas socioeconómicas que se acumulan desde el estallido de las revueltas: desempleo, redistribución de la riqueza –con lo que implica de pérdida de privilegios para las élites económicas–, revitalización del mundo rural, reforma del sector fiscal, redefinición de las políticas de subsidios, revitalización del sector privado, captación de inversión&#8230; Los nuevos gobiernos deberán formular una política económica que, de momento, parece haber sido la gran ausente en los programas electorales de los partidos islamistas.</p>
<p>Entre tanto, algunos se preocupan excesivamente por la cuestión de la religión y la esfera pública. Sin pretender restarle importancia, lo cierto es que no debería capitalizar ni el debate ni la acción de los próximos meses.</p>
<p>¿Tendrán tiempo los nuevos gobiernos islamistas para imponer su supuesta agenda moral en la sociedad? Aunque pudiera satisfacer a algunos y disgustar a otros, en ningún caso debería hacerse en detrimento de una respuesta a las acuciantes demandas socioeconómicas de una población cada vez más impaciente.</p>
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